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Monday, September 8, 2014







Gustavo Cerati en el clímax de Soda Stereo y de su vida propia:
el Festival de Viña del Mar, 11 de febrero de 1987.

Gustavo Cerati, ex guitarrista y vocalista de Soda Stereo, ha muerto el 4 de septiembre del 2014, después de más de cuatro años en coma, estado en que entró debido a un accidente cerebro-vascular luego de un concierto en Caracas, Venezuela. Teníamos la idea de que en cualquier momento iba a salir de coma pero no lo hizo. Ha sido un extraño y prolongado preparativo para una muerte que no ha causado sorpresa sino más bien una profunda pena.

Súbitamente, las frases:


“Despierta, Gustavo”,
“Aguante Cerati”, y
“No te mueras”;

fueron reemplazadas por:

“Es como si se hubiera muerto tu profesor de guitarra”.
“Gracias totales”, y
“Hasta siempre”.



Nos ha dejado un verdadero vanguardista de la música popular eléctrica urbana argentina. Un guitarrista rítmico formidable que definió la segunda mitad de la década de los ochentas en Latinoamérica con una banda muy, muy buena. Y quien escribe tuvo la suerte de ser testigo, periférico, de aquella definición, o revolución, del rock latino.

Soda me encontró en séptimo grado (o primer grado de secundaria) en 1986. Yo era un adolescente melómano que acababa de comprarse un cassette hecho en Perú del álbum debut de la banda, Soda Stereo. Comprar discos de vinilo era para huachafos (mmm… como ahora), y los cassettes eran lo mejor para escuchar, transportar y mantener. Claro, eran otros tiempos. Ser músico y para colmo todo maquillado con los pelos parados era sinónimo de: a. maricón, b. comunista, c. demoníaco, d. masón, e. drogadicto, f. todas las anteriores. El Perú estaba empezando a virar hacia el desastre económico-social y la música de Soda Stereo  se convertiría en la banda sonora de aquella época para nosotros los peruanos, solo que Gustavo Cerati, Zeta y Charly Alberti aún no lo sabían.

Para 1986, el álbum debut y homónimo de Soda Stereo tenía dos años de antigüedad, y ya en 1985 había salido el segundo, un puñado de canciones vanguardistas de primer nivel llamado Nada Personal. 1987 y su ardiente e inolvidable verano se iniciaban con el tercer disco de la banda, el hasta ahora insuperable Signos (probablemente el mejor álbum de la historia del rock latino), que vio la luz en noviembre de 1986. Por tanto, quien escribe descubrió a Soda Stereo con tres cassettes cargados de canciones, una mejor que la otra. Para mí fue como si Soda Stereo hubiera sacado un álbum triple con deslumbrantes estadios evolutivos. Así fue Soda Stereo aquel verano de 1987 conmigo, en pleno proceso de desarrollo hormonal, y descubriendo a golpes el juego de la vida.

Gustavo Cerati no me convirtió ni en pelucón, ni en drogadicto, ni en comunista, ni en diabólico ni en homosexual, pero sí me dio una idea: que la música debía serlo todo en esta vida, porque la vida en sí es música quiera uno o no. Caray, hay tribus en el África Subsahariana cuyas lenguas no incluyen la palabra “música” porque no se puede entender una cosa tan desarraigado a la existencia misma que tenga que ser definida por una palabra. Y cosa curiosa, a Gustavo Cerati le encantaba jugar con la fonética de las palabras, mas no con su semántica. Exploraba qué cosa sonaba mejor en sus cuerdas vocales como en su guitarra Jackson. Sabía que si bien la gente recuerda las letras de las canciones exitosas, tiende a olvidarse de sus significados. ¿Cuántas canciones de amor hay en el mundo? ¿Cuánto odio hay en éste?

Así que en el verano de 1987 Soda explotó en Viña del Mar como hacía 23 años los Beatles lo hicieron en Nueva York en el show de Ed Sullivan. La banda nos tomó de la mano y nos mostró el futuro, pero al principio no lo entendimos del todo.

Si mal no recuerdo vi las dos noches de Soda Stereo en la TV que tenían los padres de unas amigas mías en su casa de playa en Boca del Río, departamento de Tacna, frontera de Perú con Chile. La señal de TV venía del Sur, de Chile, y no era muy fuerte, así que había que mover el tremendo poste de la antena y tener un boost prendido para captar lo más posible. Mis amigas adoraban a Cerati. Una de ellas, a sus 16 ó 17, incluso dijo que deseaba que Cerati sea el padre de sus hijos (je… no lo fue, fue un mortal cualquiera). 

Yo, de 13 años, de pronto me di cuenta que la guitarra de Cerati era mucho más que un símbolo fálico para calentar mujeres adolescentes: era la base de una forma de vida basada en la aventura y en el misterio; tres elementos que tienen como fin eliminar las penas y descubrir el universo.

Los tres primeros discos de Soda son una exploración del misterio de la frustración humana, vendida de forma masiva como canciones pop juveniles de tres a cinco minutos de duración. Bueno, tenía que venderse de alguna forma. Aún con letras que sonaban bonito, las canciones de Soda Stereo, con sus acordes complejos y ritmos sincopados, efectos etéreos y temática mística, hablaban de un incontenible deseo de belleza, truncado por la trivialidad de la sociedad moderna. Empezaron cantando esta frustración de forma directa: “¿Por qué no puedo ser del jet-set?”, “Te hacen falta vitaminas”, “Sobredosis de TV”. Pareciera que Cerati contaba la historia de un chico antisocial y hostigado en la escuela que estaba poco a poco descubriendo el mundo al salir a la calle y al tener encuentros sexuales furtivos (“Un misil en mi placard”). Aquel chico madura y entabla una relación (“Cuando pase el temblor”) que se torna tempestuosa (“El rito”, “Persiana americana”) y eventualmente terminará o se volverá eterna (“En camino”). Todo esto con la prioridad fonética en la lírica. Maravilloso.

Aquella noche del 11 de febrero de 1987 estábamos todos viendo el futuro por televisión. Sabíamos que nada sería igual, y en el caso del Perú, Soda Stereo fue la banda que abrió mentes y puertas y creó un boom de rock peruano. Aquí no hay vuelta que darle: todos queríamos ser como Soda Stereo. Y el repertorio de aquellos tres primeros discos, clásicos indiscutidos del rock en español, fue la piedra angular de dicho boom. Incluso durante el velorio y el entierro de Cerati, la gente cantaba “Juego de Seducción” y “Cuando Pase el Temblor”, ambos temas del Nada Personal. En 1987 todos cantábamos aquellas mismas canciones que nos traían las radios Panamericana, 1160, Studio 92 (en Lima) y Power (en Tacna). Todos sabíamos que Soda era lo mejor que nos había pasado.

La idea de Soda Stereo como banda desconectada del contexto social latinoamericano fue duramente criticada por facciones políticas de izquierda. Si los conciertos de la banda llenaban coliseos y estadios cual evento Nazi (o cual show de Queen para tal caso), los recitales de protesta izquierdista como que no lograban esa euforia colectiva, ni esa atracción sexual que Soda lograba en la juventud.

Salvo una vaga sugerencia en “Dietético”, Gustavo Cerati nunca cantó sobre política o injusticia social; pareciera que no era su fuerte (ese era el de Prisioneros, de Chile, otra banda que aprovechó la ola Soda). No tenía planeado hacerse problemas con temas mundanos y fue acusado de egoísta y soberbio, incluso de alienado. Pero esas acusaciones no tenían fundamento; es más, no sabían cómo definir el arte de una banda tan única que ha generado tanto excelente música como abundantes imitadores, todos nosotros, que no los hemos podido alcanzar. Es como intentar definir el amor, o el alma de una persona. Cerati sabía que se estaba metiendo en camisa de once varas si intentaba definir o explicar lo que cantaba. No, nosotros teníamos que resolver ese rompecabezas. Gustavo jugó con nosotros y vaya que nos divertimos.

Así de grande fue Soda Stereo, e igual de grande es la tristeza ante la partida de Gustavo Cerati.

Gracias totales. 

Los dejo con Cerati hablando sobre cómo hizo bailar a un par de anteojudas.






Tuesday, August 19, 2014

Der Katalog (Kling Klang, 2009)

Me puedo arrepentir de muchas cosas que he hecho o he dicho en la vida. Pero he aprendido a no hacerlo, porque lo pasado es pasado y no se puede cambiar. Puedo pasar el resto de mi vida lamentándome de mi pasado, pero no lo voy a hacer. Pero eso sí, es imposible el no arrepentirme de no haber ido a ver a Kraftwerk cuando visitaron San Francisco el 2004 y no quise ir porque la entrada me pareció un poco cara. Si. Fui débil. Para ver a Kraftwerk uno tiene que sacrificarse y no lo hice (aunque felizmente los pude ver 10 años después en Oakland, pero sin Florian Schneider).

Cuando Kraftwerk toca, la gente va a verlos porque se tienen que disfrutar en vivo, a toda potencia, y uno se quita la idea de que la música electrónica es mediocre o repetitiva, aunque juegue a serlo. Kraftwerk nunca lanzó un sonido sintetizado que no tuviera un significado, una pauta o dirección, cual vector en álgebra lineal. Kraftwerk toca su música electrónica con la misma pasión y humanidad de un Bob Dylan o un Nick Drake, pero en su propio terreno, frío como un circuito electrónico o una mujer con síntomas de frigidez. En fin, música electrónica pura.

La relación del grupo con su base de admiradores es muy cercana en lo que respecta a su música y al mensaje de su obra; pero en todo lo demás, Kraftwerk es extremadamente reclusivo. Los dos miembros principales, Ralf Hütter y Florian Schneider, no saben ni contestar un teléfono y rara vez dan entrevistas o se dejan ver fuera de un escenario. Son la antítesis total de una estrella de rock hambrienta de fama, aunque en los setentas se podían dar el lujo de serlo. Por estos días cualquier exposición es válida, y quizás sea por eso que decidieron lanzar su primera "compilación" oficial.

En enero del 2009 la noticia cayó como una bomba atómica en nuestra autopista o vía ferroviaria de información: Florian Schneider anunciaba que no saldría de gira con Kraftwerk aquel año, lo cual fue traducido como que dejaba el grupo. Kraftwerk decidió continuar sin él, teniendo a Hütter como el único miembro restante de la formación original, y aprovechó para lanzar Der Katalog, la colección de sus ocho discos como cuarteto.

Kraftwerk quiso representar la antítesis del sonido rock estadounidense, y al lograrlo, patentó como suyo el género de la música electrónica por completo. Se influenciaron por los Beach Boys, a los cuales les rinden un tributo parafraseando su "Fun Fun Fun" en "Autobahn", pero sólo por su identidad geográfica. Mientras los Beach Boys le cantaban al surf, las playas, las chicas en bikini y los autos en el sur de California, Kraftwerk hizo sonar sus dispositivos para mimetizar a las autopistas y al estilo de vida de una Alemania Occidental en proceso de recuperación psicológica. La electrónica representaba un comportamiento frío y poco sentimental, pero a la vez receptivo y curioso del germano promedio; siempre pendiente y tomando nota de lo que ocurre en la sociedad de su país y las del resto del mundo. Después de tres discos como dúo, Kraftwerk, Kraftwerk 2 y Ralf Und Florian, las notas se empezaron a tomar, y formar, en 1974 con su cuarto disco y el primero del Katalog: Autobahn, donde en 22 minutos nos hacen pasear por las rápidas autopistas de Alemania, en donde no existe una velocidad máxima límite y el tráfico es ordenado y tranquilo. Depende del oyente el formar una opinión, en medio del pulsante ruido del motor y los autos que sobrepasan y vienen hacia nosotros, sobre si esta autopista es conveniente o no. Kraftwerk nunca forzará a su público a adoptar cualquier actitud ni los polarizará. Autobahn es un disco democrático.



La advertencia disfrazada de juego vino en Radio-Aktivität, un disco al parecer pesimista sobre los peligro de la carrera nuclear, los desechos radioactivos y las nubes tóxicas; pero al mismo tiempo maravillado con las ondas de radio que transmiten música (de ahí el juego de palabras del título). No es un disco fácil de escuchar si uno no está preparado para asimilar ruidos de contadores Geiger–, más se nota la dedicación e información del grupo en provocar un efecto ante el mensaje de horror, no sólo porque se anuncia la presencia de la radiación junto con las ondas electromagnéticas, sino porque Kraftwerk continúa imparcial: nos está provocando a pensar por nosotros mismos.

Así como en Estados Unidos la temática del blues iba relacionada a los trenes de carga, Kraftwerk le dedicó todo un LP al sistema ferroviario europeo en Trans-Europa Express, para muchos su mejor obra, en donde se exhibe una monotonía desesperante, pero a la vez simpática, relacionada a viajar por el viejo continente en tren. En TEE es donde a Kraftwerk se le empieza a tomar en serio y a la música electrónica pura como una corriente válida dentro del pop. El trance no existiría de no ser por ellos y quizás el género se llame así por… ¿Trans-Europa Express? Esa pregunta se la pueden hacer al DJ Afrika Bambaataa, quien sampleó el tema título de este disco y creó "Planet Rock" en 1986.

Die Mensch-Maschine, álbum conceptual sobre Nietsche y la robótica, les hacía continuar el éxito de crítica y público. El single “Neonlicht”/“Das Model”, extraído del disco, ofrecía melodías más asequibles para las pistas de baile. Tres años después, vendría la profética obra Computerwelt, de la que ya hemos hablado aquí pero en su versión inglesa. Media hora de baile tecno celebrando la informática y su  total dominio del mundo.

Hubiera parecido que Kraftwerk, con sus cambios de miembros constantes y problemas con sellos discográficos que no vienen al caso, ya estaba por cerrar el kiosko pero no, cinco años después de Computerwelt lanzaron Electric Café, que luego fue rebautizado como Techno Pop. Es el disco más comercial del grupo y con el que empezó un hiato de 17 años hasta que la banda lance un nuevo disco de material nuevo. Se atrevieron a "actualizar" su música con The Mix, un compilatorio de cómo la banda ejecuta sus temas en vivo. "Radio-Aktivität" se encontró acelerada y mencionando a Hiroshima y a Chernobyl, en una versión tanto más bailable como terrorífica.

Tour De France Soundtracks es la joya y la sorpresa de la caja. El último disco en estudio de la banda era esencialmente una extensión del single “Tour De France” que lanzaron en 1983, celebrando la famosa competencia ciclística.  No era la primera vez que una banda de rock le pagaba tributo a la carrera, Queen ya lo había hecho con "Bicycle Race" en su disco Jazz de 1978. Al rendirle tributo al centenario de una tradición deportiva francesa, la banda se encontró a sí misma en cincuenta minutos que representan las etapas de una carrera de bicicletas por los bellos parajes franceses: las esforzadas subidas a las montañas ("Vitamin"), las bajadas y sus aceleraciones ("Aéro-Dinamik") y una vez más la relación hombre-máquina ("Elektro Kardiogram") pero enfocada en la conversión de calorías en energía motriz a través del corazón. Creo que este es el momento más elegante de Kraftwerk y el cierre, hasta ahora, de una carrera discográfica más que influyente y brillante. De más está decir que este disco inspira a cualquiera a comprarse una bicicleta.

Der Katalog es la colección de Kraftwerk que todo fan esperaba: en vez de un “Greatest Hits”, los ocho discos, juntos en un impresionante paquete, que los convirtieron en leyendas; aunque creo que ellos nunca se han considerado "leyendas". Nosotros sí a ellos, y sin comillas.

Friday, August 15, 2014

Esto es lo que se vio hace 45 años en los campos de la granja de Max Yasgur en Bethel, New York:




La leyenda de Woodstock, festival realizado en dicha granja, se empezó a formar quizás antes de que el festival se lleve a cabo. Los rumores prometían una verdadera conjunción cósmica de arte, estilo de vida, sexo, drogas y rock and roll. También había política, porque claro, todo evento con más de 20 personas reunidas tiende a convertirse en político.

Iba a ser, es, fue el festival de música más importante en la historia del Rock y el punto culminante de la revolución contracultural que se inició con los Beatniks a fines de los cincuenta y continuó con el maravilloso sonido de Elvis y la invasión británica a cargo de los Beatles. Fue el gran festival de música rock que literal y logísticamente fue un desastre, pero eso no importó para que pueda ser recordado y venerado a través de los siguientes 45 años. Definió a los sesentas y setentas. Los artistas que participaron se hicieron inmortales, y nada volvió a ser igual.

Lo asombroso y bello de Woodstock es que en algún momento la juventud, en su mayoría, estuvo de acuerdo en algo. ¿Por qué ya no? ¿Qué ha tenido que pasar para que no vuelvan a haber festivales de música en los cuales todos podamos confiar el uno del otro? Creo que nos hemos vuelto muy insensibles y fáciles de convencer. No somos más que un perfil de Facebook cuya única prueba de vida es la publicación de fotos que a la mayoría no le interesa. No estamos juntos, no compartimos espacios en común. Definitivamente estamos muy lejos de ser un festival tipo Woodstock. El legado del festival de 1969 no ha fracasado en su mensaje. Nosotros lo hemos ignorado y pisoteado al ser egoístas y avaros durante todos estos años. Prueba de ello es, por ejemplo, el capitalismo brutal que conllevó a esta crisis mundial y al hecho de que hay compañías que lucran con la salud de las personas y no están dispuestas a ceder un ápice para lograr un seguro de salud universal. Woodstock pudo haber sido declarada un área de desastre, pero lanzó aquel mensaje de paz y amor que fue muy claro: depende de nosotros. Woodstock concluyó con la era hippy e inició la década más prolífica y creativa del rock: los setentas.

Ver la película Woodstock 25 años después de haberla visto por primera vez por televisión es aún más impresionante que aquella noche de sábado en 1987, frente a la caja boba con la señal abierta del canal 27 UHF. Considerando todo lo que significó el festival para el Rock, en lo positivo y negativo, sólo queda afirmar que fue un hito inmenso. Un hito que cambió mi vida y de seguro la tuya. Adoro el festival y los artistas que allí se presentaron. También adoro a la audiencia, y la película hace que el público se deje querer. 
 

Uno se puede percatar que los asistentes son tan o más interesantes que los artistas que tocaron en dicho festival. Menos mal que los productores de la película decidieron no darnos simplemente una película con canciones en vivo, sino todo el paquete: Mientras John B. Sebastian canta sobre los sueños frustrados de la generación anterior, una pareja de “hippies” quizás de menos de 17 años cuentan a la cámara cómo se fugaron de casa, viven en una comuna, y cómo entienden el amor libre. Ella lo ama a él, él a ella, pero tienen la libertad de juntarse con quien quieran. Apuesto a que ni él ni ella se atrevieron a ponerse los cuernos. Ambos sienten fascinación, miedo, curiosidad y sobre todo, al final, una gran alegría, o alivio, de que algo grande está pasando frente a ellos. Eso grande incluía a gente como Johnny Winter:  
Johnny Winter no apareció en la versión original del film Woodstock. Aquí su performance de "Mean Town Blues", que está en el DVD extra de la edición extendida de la película.

De nuevo, creo que fue el evento masivo, con resultados positivos, más trascendental del mundo en el siglo XX. Dudo que haya otro igual en donde todo salga mal pero igual las cosas continúen funcionando bien porque exista un objetivo más importante que cumplir. Recordemos que los organizadores originales de Woodstock hicieron dos versiones más, en 1994 y el 2004,  pero fueron horribles: una carísima, la otra más cara todavía, lo que provocó desmanes y hasta muertos. No, en Bethel, New York, en aquel Agosto de 1969, había un paraíso en una zona de desastre, parafraseando a Wavy Gravy. Las dos únicas muertes fueron accidentales: una sobredosis de heroína y un asistente atropellado por un tractor. La gente regresó contenta a sus casas, después de haber presenciado un desfile de estrellas hasta ahora inigualable, pero sin hacer caso a John B. Sebastian quien les dijo que por favor recojan su basura a la salida.
Justo ahora, cuatro décadas después, vemos que el festival tenía un mensaje mucho más profundo que Paz y Amor y Haz el Amor y no la Guerra. Los chicos que fueron al festival demostraron que estaban hechos de estrellas, y que no temían preguntarse cosas como ¿“vale la pena cruzar el Pacífico para matar gente que no nos ha hecho daño”? o “¿Qué clase de religión es aquella que, por un lado, te dice que no hay que matar pero cuando vas a matar con un uniforme y una bandera está bien?” No en vano se ha vilipendiado a los hippies por tantos años... pero ese es otro tema porque hay hippies y “hippies”. Y yo personalmente he gozado a los dos grupos: un grupo tiene ideas claras, con las cuales puedes estar de acuerdo o no, pero viven en base a ellas. Algo casi imposible incluso en estos tiempos. Creen en el reciclaje, en políticas medioambientales, y sobre todo escuchan y participan en un intercambio de ideas. Trabajan y pagan impuestos, preguntándole al gobierno a dónde carajos va a parar cada dólar que le dan. El otro grupo sólo busca vivir gratis a costa de los demás, ya sea de sus impuestos o del sillón de la sala. En caso de una situación que les convenga, son capaces de cambiar de ideas rapidísimo: si en 1969 pedían detener la polución de las petroleras, ahora preguntan si el calentamiento global no es un cuento inventado por los comunistas. Si en 1980 tocaban guitarra protestando contra la elección de Ronald Reagan, el 2012 votaron por Mitt Romney porque así es la vida. En menos de cinco minutos nos podemos dar cuenta a qué grupo pertenece una persona de la nación Woodstock que acabamos de conocer.

Agosto de 1969 fue un momento clave, también: jamás habían habido tantos jóvenes en Estados Unidos. Cinco años antes, esa millonada adolescente vio a los Beatles en el programa de Ed Sullivan y sus radios transistorizados le dieron sentido, rumbo, a sus vidas. Eran los hijos de los que regresaron de la Segunda Guerra Mundial. Eran aquellos que no querían otra guerra de esas (aunque sus hijos y nietos posteriormente hayan muerto en Irak y Afganistán). Eran aquellos que perdieron la inocencia de un mundo nuevo y una nueva frontera cuando Kennedy murió abaleado y la guerra de Vietnam se desató producto de una mentira. Fueron aquellos que empezaron a preguntarse: "¿Dónde quedó aquel sueño de posguerra que nos prometieron en el 45?" Ellos fueron el caldo de cultivo perfecto para una revolución cultural, que pudo haber dado para más. La película muestra ambas caras de una moneda al aire: una generación vieja, aburrida, retrógrada y obsoleta que no comprende nada nuevo, y una juventud verdaderamente rebelde dispuesta a hacer saber al mundo que la guerra es muerte, y la música es vida. Un mes antes el hombre había llegado a la luna, y en Woodstock 400,000 asistentes volaron -ayudados o no con sustancias alucinógenas- con música maravillosa como la de Santana, Janis Joplin, Jefferson Airplane, Ten Years After, Canned Heat, The Who. Un mar de gente se enfrentó a la intemperie y, aunque muchas veces se haya tildado a los hippies de ateos, éstos rezaron a un poder superior para que la lluvia escampe.
Por más que se le intente comparar eventos como Coachella, Burning Man o Lollapalooza, Woodstock fue una anomalía única e irrepetible: la película que se hizo sobre el festival lo demuestra con un encanto e inocencia sorprendentes. Jamás tuvo un escenario artistas de tan alta calidad y en un momento tan importante. Bob Dylan no estuvo, pero la locación del festival tuvo algo de homenaje al judío errante. Nixon sería re-elegido presidente poco después, y la nación Woodstock demostró que una elección limpia elige presidentes limpios para un país limpio (aunque el festival dejara basura como para pasársela recogiendo hasta ahora). No siempre habrán líderes limpios, es verdad, pero al menos el espíritu de deseo de un mundo justo no debe perderse. 

Por los veinte años del festival de Woodstock, Javier Lishner escribió un artículo que salió en el Diario "El Comercio" (ver final de esta entrada). Por esa época, 1989, yo andaba recién descubriendo el inmenso bastión de música rock existente. Me gustaría saber en qué momento el término "Rock Clásico" empezó a usarse. ¿Qué era antes de 1990 el Rock Clásico? ¿"Oldies"? ¿Elvis, Roy Orbison? Véase como se celebran 20 años de un festival en 1989 y ese tiempo parece inmenso, a comparación de 1989 con ahora, el 2014... ¿O seré yo solamente?


Thursday, July 17, 2014

The Best (Globo, 1991) CELIA CRUZ
A Man and His Music: La Voz (Fania, 2007) HÉCTOR LAVOE

El reino de la música latina, al igual que el reino del rock, tiene sus héroes, villanos, santos y leyendas. Llamémosle música latina, salsa, mambo, etc. Es la música que suena en los salsódromos y hace bailar a miles, millones en todo el mundo.

Así como el rock tiene, digamos, un sello discográfico de vanguardia como Atlantic, la salsa es representada de la mejor forma por los artistas de Fania Records. Entre ellos dos vocalistas que ya no están con nosotros. Uno se fue el 1993, y la otra diez años después. Hablar de ellos como algo nuevo o desconocido se me hace difícil porque no sólo sabemos quiénes son, sino que están muy, muy arraigados en la cultura latinoamericana y, especialmente, en la cultura urbana de Lima y de su puerto, Callao. Celia Cruz y Héctor Lavoe son ídolos en dicho puerto, y cuando estaban vivos, sus actuaciones llenaban estadios.

Con Celia y Héctor la salsa vocal alcanzó su más alto grado de expresión. Ambos no sólo sabían mantener el ritmo con sus fraseos, sino que sabían elegir su material y, sobre todo, sus cuerdas vocales eran sobrenaturales. Héctor Lavoe tuvo una carrera tan trágica como la de algunos rockeros que llegan a lo alto, sólo para caer en el infierno de las drogas y la miseria, rodeados por paredes hechas de dinero. Con Celia eso felizmente no ocurrió, pero su muerte en el 2003 fue igualmente triste y en cierto modo inesperada.

¿Por qué colocarlos juntos en un artículo? Porque ambos generan apasionamiento en un género al cual muchos rockeros generalmente despreciamos o subestimamos. Esperamos la "fusión" de la música latina con el jazz o con el rock para poder apreciarla, sin saber ni entender que ya la salsa es una fusión en sí, un género en constante evolución, muchas veces más acelerada que la del rock en general. Lavoe y Cruz se encargaron de ello, también.
Héctor Lavoe apareció en una serie de discos de Fania Records junto a un jovencísimo Willie Colón, un trombonista y arreglista que parecía el Rey Midas. Su orquesta tenía tres trombones, obviando las trompetas, flautas y saxofones, y junto a la voz de Héctor crearon un subgénero de música latina urbana dedicada a la celebración de fiestas, pachangas, y actividades delictivas. Con Colón, Lavoe se comió a Nueva York. Cada tema que ambos ponían en las radios iban creando una leyenda, un sonido, un patrón único. Para "La Murga", aquella voz potente de Lavoe -contrapunteada por los estremecedores trombones de Colón en perfecto vaivén- consolidó su legado. 

Gigante, sonriente, con anillos de oro y anteojos. Así me gusta recordar a Héctor Lavoe; no en lo que se convirtió debido a su adicción a las drogas y a las tragedias de su vida. Poco antes de morir, confesaría en una entrevista que el tema del que más se sentía orgulloso era "Che Che Colé" porque le dio fama, dinero y mujeres. Al menos era honesto. Nadie se mete en el negocio para no obtener una cierta satisfacción, de algún tipo. Pero la fama tiene un precio y algunos adoran pagarlo. A más fama, más alcohol y drogas envolvían la vida de Lavoe. Muchas historias se cuentan de sus borracheras en el Callao y de cómo disfrutaba de una botella de Etiqueta Negra de desayuno casi todos los días. 

En el escenario, Lavoe se daba a su público. Sin éste, él no era nadie. No sería el ídolo, el cantante de los cantantes si no fuera por aquellos que "pagaban para oirlo cantar", tal como Rubén Blades escribió para Lavoe en "El Cantante", un tema de diez minutos que es una especie de mini-biografía del ponceño. En ella, Héctor nos dice que por más que siempre esté "con hembras y en fiesta", nadie parece preocuparse por la pena que lleva dentro. Por más que escuchamos su música, nos ponemos a pensar: ¿Cuál era esa pena? ¿Sufría de depresión bipolar? ¿Por qué en el escenario era el Elvis de la salsa, cantando como el coquí de Puerto Rico y mejor que el jibarito, pero fuera de éste era un pobre pelele?

Celia Cruz no llevaba misterio alguno en su vida. Siempre se mostró honesta, limpia y amiguera. Era como una de esas amigas de la familia que al llegar a la reunión alegraban el ambiente. Y vaya que lo hacía. Una carrera mucho más extensa y menos trágica que la de Lavoe la llevó a ganar premios, llenar estadios, hacer bailar a la gente. Su voz era intensa y latina, podríamos decir "picante", y su fraseo era más que brillante. En "Quimbara", junto a Johnny Pacheco, demuestra que su ritmo es inquebrantable y frenético. Aunque pareciera que la tuvo fácil porque rara vez se quejó, la vida no fue fácil para una cantante que al principio fue rechazada por la misma Sonora Matancera sólo por ser mujer. Cuando triunfó la Revolución Cubana, ella simplemente se fue porque sencillamente no había nacido para ser peona de nadie. Ni siquiera de la Sonora Matancera, que al final terminó aceptándola como una de las voces oficiales. Decidió con quién cantar y lo hizo bien: Willie Colón, Pete El Conde, Tite Curet... y la música no dejaba de sonar. Le rindió un tributo a la gran bailarina Isadora Duncan, una mujer con una vida totalmente opuesta a la de ella, pero con la misma pasión por la música. Con Colón, grabó uno de los mejores merengues jamás interpretados: "Pum Pum Catalú".

Creo que no ha habido una figura en la música latina tan carismática como doña Celia Cruz. Su voz iba muy arraigada a su simpatía, y en la radio era inmediatamente reconocible. En Perú era muy querida y cada vez que iba era recibida con muchísimo cariño. Uno de los momentos más graciosos en la TV peruana fue cuando el imitador Carlos Álvarez, disfrazado de Fidel Castro, la entrevistó con toda la confianza del mundo. Celia no sabía si reirse o enojarse, pero al final se rió de buena gana, a sabiendas que Álvarez era uno de esos payasos que le gustaba hincar a la gente.

"La Reina del Guaguancó" se murió sin ver a su Cuba libre, es decir, sin Castro. No pudo volver a pisar la tierra que la vio nacer pero eso era lo de menos. Su corazón se quedó en Nueva Jersey, Nueva York y Miami. La comunidad de latinos en Estados Unidos la hizo su reina indiscutida... y, claro, es la figura cubana más admirada del mundo, después de Fidel Castro y José Martí.

Estos dos discos de Lavoe y Cruz son dos buenos comienzos, introducciones, presentaciones, etcétera para disfrutar, más que "aprender", de la música afro-latina. Son discos para bailar y mucho.