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Sunday, March 19, 2017



Chuck Berry es el rey del rock and roll y esta oración no tiene mayor disputa. Al menos aquí. La tarde del sábado pasado nuestro querido cantante, guitarrista, compositor e innovador partió a otro plano astral y nos deja un mundo mejor, habiendo dejado una plétora de herederos y seguidores que hasta ahora nos siguen entreteniendo e inspirando. Sin Chuck Berry, no hubieran habido tal como los conocemos Rolling Stones, Beatles, Kinks, Who, Queen, Mötorhead, Iron Maiden, Kool & The Gang, Guns N’ Roses, Eagles, Steely Dan, Genesis, Yes, King Crimson, 10 cc, Camel... Es decir, él lo inventó todo.

Su música está compilada, en su totalidad, en cuatro cajas: Johnny B. Goode (los cincuenta), You Never Can Tell (los sesenta), Have Mercy (los setentas) y Rock N' Roll Music, Any Old Way You Choose It (todo lo publicado, menos tomas alternas o rarezas, hasta 1979), pero el disco de la semana y el resumen de su legado es el imbatible The Great Twenty-Eight (Chess, 1982), compilatorio que no debe faltar en ninguna colección, y piedra angular de todo lo que significa Rock. 28 temas, desde “Maybellene” (1955) hasta “I Want To Be Your Driver” (1965) que resumen una década de aventuras, desventuras, poesía, matemáticas, autos, relojes, chicas y mucho, mucho sexo a por doquier (Chuck todo lo ve mañosería).

Chuck construye con estos temas la historia de la adolescencia en pleno "boom" de la economía estadounidense, construyéndose a gran velocidad después de la Segunda Guerra Mundial. Una juventud de todas las razas, todas. De todos los estratos sociales y tendencias.

Es hora de decir adiós al cuerpo de Chuck y seguir escuchando sus canciones hermosas, bailables, inocentes y a la vez perversas.

A Chuck Berry no le interesa ser considerado el Rey del Rock and Roll porque sabe que el rock es una democracia, aunque muchos quieran considerarlo un imperio (especialmente las inmensas disqueras). A sus 90 años, el legendario guitarrista, cantante y compositor sigue tocando sus mismos temas de hace casi sesenta años, y se encuentra en la cresta de la ola que lleva a la primera generación de rocanroleros a una tranquila y relajada muerte natural tocando en escenarios sin haberse retirado o fallecido repentinamente.

Chuck Berry no está hecho para la muerte, y de hecho cuando se haya ido su imperio se habrá consolidado cual el del Cid Campeador. Su sonrisa irónica, sus grandes manos tocando aquel riff eterno de casi todas sus canciones y su paso del pato que emocionó a los primeros adolescentes que lo vieron en televisión en blanco y negro harán que Chuck Berry se mantenga vivo por muchos años más, en cuerpo, y para toda la eternidad en el espacio y el tiempo.

Por lo pronto la sonda intergaláctica Voyager ya está llevando "Johnny B. Goode" en un disco de oro que incluye temas de Bach, Mozart, Stravinsky e incluso música autóctona peruana. Chuck Berry, con "Johnny B. Goode", hizo la canción perfecta sobre lo que significa ser roquero y rebelde en tiempos de represión sexual y social que sólo han cambiado para peor. Ya nadie hace canciones con lírica de doble sentido e insinuante como la de Chuck Berry. Desde que tenemos uso de razón, los temas relacionados al amor carnal son o "seguros" o "atrevidos". El cantante masculino de rock o idolatra a la mujer cual Virgen María purísima en un pedestal, o la trata como prostituta. Enrique Iglesias va a salvar a las mujeres desconsoladas con su "Hero" y Sir-Mix-A-Lot quiere poseer sus culos (a más grandes, mejor). Chuck Berry se encuentra en un punto medio: su lírica insinuante, su poesía y su gusto por las matemáticas crearon canciones que nunca han sonado desfasadas ni obsoletas. Chuck Berry jamás añadió una orquesta o intentó "venderse al sistema" ni en su música ni en su vida personal. Sus canciones son prueba de ello. Canciones como "Let It Rock", sobre unos trabajadores negros en una vía férrea bajo el inclemente calor de Alabama, o "Havana Moon", sobre un cubano esperando en una playa de Cuba el bote de su amada desde Nueva York. Poesía pura y juvenil. Canción erótica y a la vez de amor puro e inocente.

En "School Days", Chuck habla de rockolas y de meter la monedita para escuchar algo "intenso". Pues bueno, el cantautor no se está refiriendo a poner una moneda en una rockola. Está hablando de sexo, de liberación, de pasión por ser joven en una escuela secundaria en donde la educación siempre estuvo en un segundo plano. Chuck pide al Rock and Roll que lo libere de los "días pasados". Los "días pasados" no son necesariamente los de hace décadas, los de antaño: pueden ser también los de una época difícil, represiva y de emociones controladas: los de la era de la televisión digital con sus programas de baile con votaciones arregladas y noticieros de 24 horas al día. 

Cuando Chuck Berry tocaba en vivo, allá por 1955, no sólo tuvo que lidiar con la segregación racial de un Sur que aún tenía menos de 100 años de haber sido derrotado por el Norte y haber sido forzado a liberar a sus esclavos. Tuvo también que enfrentarse a promotores corruptos que nunca le pagaron por sus conciertos. La ley Mann le jugó una mala pasada al cruzar una frontera interestatal con una mesera Apache menor de edad: lo condenaron por haber tenido relaciones sexuales con ella (él lo negó hasta el final) pero, al salir de prisión a inicios de los sesentas, Chuck era más famoso que nunca. Los Beatles, los Rolling Stones y la radio en general reconocerían su influencia con la invasión británica de mediados de los sesentas y con el renacimiento del Rock and Roll a inicios de los setentas; cuando Chuck Berry obtuvo su primer número 1 con "My Ding-A-Ling", una canción sobre el pajarito.

La era de compositor/guitarra/cantante del rey del Rock and Roll se encuentra englobada en Johnny B Goode: His Complete 50's Chess Recordings, una caja de cuatro CDs con todo lo que lanzó entre el 55 y el 59, antes de ir a parar a la canasta por mañosón. La gloria del rock de los cincuenta, la pasión de las grabaciones crudas y frescas y por sobre todo el talento de Chuck y su banda están presentes en más de cuatro horas de lo que probablemente será la mejor compra en CD que cualquier fanático del rock clásico pueda hacer en su vida.

Chuck Berry sigue tocando en el Duck Room del restaurante Blueberry Hill de St. Louis, Missouri. Tomó al toro por las astas y ahora, entrando a sus noventa años, sigue cantándole a aquella emoción sexual, romántica y apasionada que inspira a la juventud. Sus críticos pueden alegar, una y otra vez, que Chuck no ha lanzado un disco de material nuevo desde 1979 y que su trabajo de guitarra suena casi igual en todas las canciones. No tienen por qué repetirlo. Lo sabemos. Pero no nos importa.

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