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Monday, September 8, 2014








Gustavo Cerati en el clímax de Soda Stereo y de su vida propia:
el Festival de Viña del Mar, 11 de febrero de 1987.

Gustavo Cerati, ex guitarrista y vocalista de Soda Stereo, ha muerto el 4 de septiembre del 2014, después de más de cuatro años en coma, estado en que entró debido a un accidente cerebro-vascular luego de un concierto en Caracas, Venezuela. Teníamos la idea de que en cualquier momento iba a salir de coma, pero no lo hizo. Ha sido un extraño y prolongado preparativo para una muerte que no ha causado sorpresa sino más bien una profunda pena.

Súbitamente, las frases:


“Despierta, Gustavo”,
“Aguante Cerati”, y
“No te mueras”;

fueron reemplazadas por:

“Es como si se hubiera muerto tu profesor de guitarra”.
“Gracias totales”, y
“Hasta siempre”.



Un verdadero vanguardista de la música popular eléctrica urbana argentina nos ha dejado. Un guitarrista rítmico formidable que definió la segunda mitad de la década de los ochentas en Latinoamérica con una banda muy, muy buena. Y quien escribe tuvo la suerte de ser testigo, periférico, de aquella definición, o revolución, del rock latino.

Soda me encontró en séptimo grado (o primer grado de secundaria) en 1986. Yo era un adolescente melómano que acababa de comprarse un cassette hecho en Perú del álbum debut del trío, Soda Stereo. Comprar discos de vinilo era para huachafos (mmm… como ahora), y los cassettes eran lo mejor para escuchar, transportar y mantener. Claro, eran otros tiempos. Ser músico y para colmo todo maquillado con los pelos parados era sinónimo de: a. maricón, b. comunista, c. demoníaco, d. masón, e. drogadicto, f. todas las anteriores. El Perú estaba empezando a virar hacia el desastre económico-social y la música de Soda Stereo  se convertiría en la banda sonora de aquella época para nosotros los peruanos, solo que Gustavo Cerati, Zeta y Charly Alberti aún no lo sabían.

Para 1986, el álbum debut y homónimo de Soda Stereo tenía dos años de antigüedad, y ya en 1985 había salido el segundo, un puñado de canciones vanguardistas de primer nivel llamado Nada Personal. 1987 y su ardiente e inolvidable verano se iniciaban con el tercer disco de la banda, el hasta ahora insuperable Signos (probablemente el mejor álbum de la historia del rock latino), que vio la luz en noviembre de 1986. Por tanto, quien escribe descubrió a Soda Stereo con tres cassettes cargados de canciones, una mejor que la otra. Para mí fue como si Soda Stereo hubiera sacado un álbum triple con deslumbrantes estadios evolutivos. Así fue Soda Stereo aquel verano de 1987 conmigo, en pleno proceso de desarrollo hormonal, y descubriendo a golpes el juego de la vida.

Gustavo Cerati no me convirtió ni en pelucón, ni en drogadicto, ni en comunista, ni en diabólico ni en gay, pero sí me dio una idea: que la música debía serlo todo en esta vida, porque la vida en sí es música quiera uno o no. Caray, hay tribus en el África Subsahariana cuyas lenguas no incluyen la palabra “música” porque no se puede entender una cosa tan desarraigado a la existencia misma que tenga que ser definida por una palabra. Y cosa curiosa, a Gustavo Cerati le encantaba jugar con la fonética de las palabras, mas no con su semántica. Exploraba qué cosa sonaba mejor en sus cuerdas vocales como en su guitarra Jackson. Sabía que si bien la gente recuerda las letras de las canciones exitosas, tiende a olvidarse de sus significados. ¿Cuántas canciones de amor hay en el mundo? ¿Cuánto odio hay en éste?

Así que en el verano de 1987 Soda explotó en Viña del Mar como hacía 23 años los Beatles lo hicieron en Nueva York en el show de Ed Sullivan. La banda nos tomó de la mano y nos mostró el futuro, pero al principio no lo entendimos del todo.

Si mal no recuerdo vi las dos noches de Soda Stereo en la TV que tenían los padres de unas amigas mías en su casa de playa en Boca del Río, departamento de Tacna, frontera de Perú con Chile. La señal de TV venía del Sur, de Chile, y no era muy fuerte, así que había que mover el tremendo poste de la antena y tener un boost prendido para captar lo más posible. Mis amigas adoraban a Cerati. Una de ellas, a sus 16 ó 17, incluso dijo que deseaba que Cerati sea el padre de sus hijos (je… no lo fue, fue un mortal cualquiera). 

Yo, de 13 años, de pronto me di cuenta que la guitarra de Cerati era mucho más que un símbolo fálico para calentar mujeres adolescentes: era la base de una forma de vida basada en la aventura y en el misterio; tres elementos que tienen como fin eliminar las penas y descubrir el universo.

Los tres primeros discos de Soda son una exploración del misterio de la frustración humana, vendida de forma masiva como canciones pop juveniles de tres a cinco minutos de duración. Bueno, tenía que venderse de alguna forma. Aún con letras que sonaban bonito, las canciones de Soda Stereo, con sus acordes complejos y ritmos sincopados, efectos etéreos y temática mística, hablaban de un incontenible deseo de belleza, truncado por la trivialidad de la sociedad moderna. Empezaron cantando esta frustración de forma directa: “¿Por qué no puedo ser del jet-set?”, “Te hacen falta vitaminas”, “Sobredosis de TV”. Pareciera que Cerati contaba la historia de un chico antisocial y hostigado en la escuela que estaba poco a poco descubriendo el mundo al salir a la calle y al tener encuentros sexuales furtivos (“Un misil en mi placard”). Aquel chico madura y entabla una relación (“Cuando pase el temblor”) que se torna tempestuosa (“El rito”, “Persiana americana”) y eventualmente terminará o se volverá eterna (“En camino”). Todo esto con la prioridad fonética en la lírica. Maravilloso.

Aquella noche del 11 de febrero de 1987 estábamos todos viendo el futuro por televisión. Sabíamos que nada sería igual, y en el caso del Perú, Soda Stereo fue la banda que abrió mentes y puertas y creó un boom de rock peruano. Aquí no hay vuelta que darle: todos queríamos ser como Soda Stereo. Y el repertorio de aquellos tres primeros discos, clásicos indiscutidos del rock en español, fue la piedra angular de dicho boom. Incluso durante el velorio y el entierro de Cerati, la gente cantaba “Juego de Seducción” y “Cuando Pase el Temblor”, ambos temas del Nada Personal. En 1987 todos cantábamos aquellas mismas canciones que nos traían las radios Panamericana, 1160, Studio 92 (en Lima) y Power (en Tacna). Todos sabíamos que Soda era lo mejor que nos había pasado.

La idea de Soda Stereo como banda desconectada del contexto social latinoamericano fue duramente criticada por facciones políticas de izquierda. Si los conciertos de la banda llenaban coliseos y estadios cual evento Nazi (o cual show de Queen para tal caso), los recitales de protesta izquierdista no lograban esa euforia colectiva, ni esa atracción sexual que Soda lograba en la juventud.

Salvo una vaga sugerencia en “Dietético”, Gustavo Cerati nunca cantó sobre política o injusticia social; pareciera que no era su fuerte (ese era el de Prisioneros, de Chile, otra banda que aprovechó la ola Soda). Cerati no tenía planeado hacerse problemas con temas mundanos y fue acusado de egoísta y soberbio, incluso de alienado. Pero esas acusaciones no tenían fundamento; es más, no sabían cómo definir el arte de una banda tan única que ha generado tanto excelente música como abundantes imitadores, todos nosotros, que no los hemos podido alcanzar. Es como intentar definir el amor, o el alma de una persona. Cerati sabía que se estaba metiendo en camisa de once varas si intentaba definir o explicar lo que cantaba. No, nosotros teníamos que resolver ese rompecabezas. Gustavo jugó con nosotros y vaya que nos divertimos.

Así de grande fue Soda Stereo, e igual de grande es la tristeza ante la partida de su cantante y guitarrista Gustavo Cerati.

Gracias totales. 

Los dejo con Cerati hablando sobre cómo hizo bailar a un par de anteojudas.






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