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Thursday, February 27, 2014




Detalle de la portada del Almoraima (Philips, 1976)
Paco de Lucía ha muerto en Cancún, México, y Twitter se sacudió con una ola de “QEPDs” y “RIPs”. Las malas noticias viajan muy rápido.

Tuve el gusto de ver a Paco de Lucía en dos ocasiones: una en la UCLA allá por el 2001 y otra en el 2012 en Oakland, en donde tocó maravillosamente. Pero fue en el 2001 donde en verdad este guitarrista me sacó de cuadro presentándome lo que era flamenco vivo o la evolución natural de la música. Su música embrujadora transportaba a lugares remotos pero familiares. Nos encontramos en Andalucía, específicamente en el puerto de Cádiz, donde el flamenco hace vibrar a todo el sur de España y recibe toda la influencia del Norte de África y de la música gitana del Este de Europa. Paco de Lucía exploró sonidos con un oído casi detectivesco y siempre afincado en lo que era el sufrimiento auténtico por la vida.

Recuerdo que Paco de Lucia iba a regresar en el 2002 a la UCLA pero el gobierno de los EE.UU. le negó la visa de entrada. Imagino que habrá tenido algo que ver con la paranoia post 11 de setiembre y el horror a lo gitano/ musulmán/ piel oscura. De Lucía era español pero seguro tenía conexiones con el mundo musical de Medio Oriente. Felizmente lo pude ver una segunda y última vez en el Paramount Theater de Oakland, durante el festival de Jazz de San Francisco. Esta vez tenía cantaores y un bailaor. Fue maravilloso, aunque sentí que Paco estaba algo cansado. Alguien en la audiencia le gritó: “¡Maestro!”, y él agradeció el calificativo. Nosotros le agradecemos una carrera musical y una discografía que dará que hablar por el resto de la historia de la humanidad. El mago de las seis cuerdas está en el olimpo de los grandes músicos de siempre, y al escucharlo en temas como “Almoraima” o “Danza Ritual del Fuego”, no se nos ocurre compararlo con nadie, y ni se nos ocurrió compararlo antes de su muerte. 

Mi primera imagen de Paco de Lucía fue la de un guitarrista pelucón y descalzo, tocando el instrumento que era, a mis 7 u 8 años, el más difícil del mundo. Sólo le bastaba cruzar sus piernas y poner su guitarra ahí en su regazo para que uno se diera cuenta de que el talento que emanaba de él era enorme.

Grabó muchísimos discos de primera, y se ganó las críticas negativas de los puristas del flamenco al intentar explorar fuera de sus límites geográficos y musicales. Encontró el cajón peruano y el bajo eléctrico sin trastes y lo incorporó a su música. Arriesgó tocar con Al DiMeola, Bill Frisell, Chick Corea y John McLaughlin. El flamenco se expandía y adaptaba a todas formas posibles de música, dando inicio a su globalización. Algo natural tomando en cuenta que fue usado como propaganda durante el régimen de Franco y que los discos, una vez grabados, llevan la música de un lugar a otro. El flamenco no podía quedarse enclaustrado por siempre en el sur de España, porque nunca se quedó quieto -nos hicieron creer que sí- al viajar durante tanto tiempo y por tantos kilómetros. Si queremos comparar a Paco de Lucía con alguna persona, hagámoslo con viajeros y pensadores, no con músicos: Carl Sagan, Marco Polo, Neil Armstrong. 

Envejeció con gracia y su muerte tomó al mundo por sorpresa. Pero ha dejado una discografía y videografía digna de explorar por el resto de nuestras vidas.

El poeta y flamencólogo Félix Grande escribió sobre Paco en la contraportada del Almoraima (Philips, 1976). Transcribo esto no como un obituario sino más bien como una carta de invitación a descubrir algunas de las músicas más bellas del mundo: 

Desde hace años, cada nueva creación de Paco de Lucía nos produce sorpresa. Pareciera que en cada nueva etapa llega hasta sus fronteras —y en su creación siguiente advertimos que esas fronteras se desplazan, que quizá este genio de la guitarra ya no tiene fronteras. Tal vez nuestra sucesiva sorpresa no nace únicamente en nuestro sucesivo deslumbramiento, sino también en la desconfianza: es que no estamos acostumbrados a asistir al desarrollo de la genialidad. Al fin tendremos que asumirlo, con gratitud, con júbilo: Paco de Lucía es uno de esos pocos seres herederos y a la vez inventores de un lenguaje; uno de esos imprescindibles locos cuyo respeto a las raíces y cuya libertad son por igual tempestuosos, y que por ello alcanzan el privilegio y la condena de ir abriendo caminos, acumulando desde la fragua de su nombre nuevo metal y más calor a ese vasto y anónimo metal calenturiento que llamamos la música. Cuánto le cuesta a Paco de Lucía el prodigioso regalo que nos hace, es algo que no sabremos nunca. La soledad, incluso la desesperación que hay siempre bajo la laboriosa humildad de un artista, no se pueden cobrar, no se pueden pagar. Tal vez llorando a solas con su música en medio de la madrugada, tal vez creando en nosotros mismos ese tremendo ritmo al que llamamos lágrimas, tal vez así podamos bajar hasta el barranco mineral en que nace su música, ese barranco donde están los seísmos de la necesidad de ser y del que emerge su bárbara guitarra como volando de oro, como danzando en hierro, como olorosa a azufre, como brillando de mercurio, como quemándose en carbón. ¿De qué modo nombrar toda esa enfebrecida operación en que consiste convertir ese magma profundo del ser cósmico en un lenguaje comunicativo, en un lenguaje cósmico y a la vez organizado? Quizá pueda llamarse ritmo.

En el origen de la vida se encuentra, inmemorial, el ritmo. Todo alcanza su ser mediante el ritmo. Ritmo tiene el lenguaje para ser expresión. La danza es ritmo y es ritmo el cuerpo humano. Con ritmo se suceden las mareas. Ritmo es el pulso, el latido del corazón. Ritmo es lo que contienen las obras más memorables de las generaciones: una mezquita, Un acueducto, un mito, una estatua, una fábula, un poema. La rueda: puro ritmo. Un ritmo estricto habita en las hembras embarazadas. Ritmo hay en el trigal, el olivar, la viña; ritmo en la fruta y en el agua. Ritmo tienen las fases de la Luna, las órbitas de los planetas, el majestuoso devenir de los astros. Y cuando la materia alcanza su más ardiente ritmo, sucede el acontecimiento de la belleza humana. Lo que hace que los desafiantes esfuerzos de los hombres quebranten la dictadura de los años es un vaivén paciente y sabio, lujurioso y creador: el ritmo.

Lo más recóndito, v a la vez lo más evidente, en esta nueva etapa de la música de Paco de Lucía, es ese gran secreto: el ritmo. No hablo de una estrategia de la medida y del compás, sino de un acto de respiración. No me refiero a la suma de su compás y sí invención —tan exactos, tan incesantes—, sino al vaho de la vida. Desde lo más profundo del flamenco —su ritmo viejo e inmortal— estas creaciones de Paco de Lucía suben con viejo y duradero sol, con vieja y duradera agua, sorprendentes limones, lentas horas, espesas sombras, fogonazos de luz y geometría; avanzan con heridas remotas, con remotas pomadas: como un incomparable, monumental acto de amor. La historia del flamenco sabrá muy bien cuánto habrá de deber a la organizada locura de este terremoto sereno que es la música de Paco de Lucía. Nosotros ya empezamos a saber cuánto no le podremos pagar nunca. Tal vez de madrugada, a solas y llorando. La historia del flamenco, esa terrible madrugada vieja, no dejará de agradecer a Paco de Lucía la venerable juventud de su música. En nuestra madrugada personal, en esa hora en que somos más limpios, más ancianos y repentinamente vivos, escucharemos este vaho de la vida que sube desde seis andaluzas tensiones y, poco a poco, iremos redescubriendo en nuestro corazón una sangre solemne, un alimento casi religioso: la visita del ritmo. La noche antigua donde todo renace.
Félix Grande




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