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Thursday, December 8, 2016


El último beso. 8 de diciembre de 1980. Detalle de foto de Anne Leibovitz para Rolling Stone.

Continuando con la serie de artículos que he escrito sobre la vida y obra de John Lennon, llego a conmemorar un aniversario más de su muerte. Esta vez son 30 años de la tragedia. Quizás la mayor tragedia del rock and roll y de la música popular. Un alma joven, a los 40, dispuesta a seguir creando, queda silenciada por las cinco balas de un desquiciado con excelente puntería llamado Mark David Chapman.

El sueño acabó. Los Beatles jamás se reunirían. La era de la esperanza llegaba a su fin. El mundo cruel le daba el alcance a aquel cantante que se atrevió a cuestionarlo, después de que éste le quitara a su madre. Para colmo, el cantante fue asesinado por un demente obsesionado con su ex-grupo y su improbable reunificación. ¿Muerte absurda? Sí. Más que absurda. Tan absurda como la confesión del asesino: "No quería hacerle daño a nadie... ah, y a propósito, actué solo. Sólo yo, lobo solitario con mi copia del libro Catcher On The Rye". Suficiente.

El 17 de Noviembre de 1980, Double Fantasy, el álbum de John Lennon y Yoko Ono, aparecía en el mercado bajo el sello Geffen. Producido por Jack Douglas, es un disco bastante elaborado y hasta cierto punto sobre producido: Lennon gustaba de grabar su voz sobreponiendo pistas y modificándola con la mayor cantidad de efectos posibles. Al aparecer, la crítica fue un poco dura con el disco, calificándolo de "un desastre de la auto-obsesión". La prensa musical en general no le prestó mucha atención a aquel "retorno" de John a los estudios y, probablemente, a los escenarios.


Muchos de esos comentarios negativos no vieron la luz, puesto que tres semanas después, Lennon caía abatido y el disco se convertiría en inmortal inmediatamente. Geffen Records retiró toda la publicidad del álbum para evitar parecer mercaderes de la pelona, aunque el disco se vendió como pan caliente. 

En la iglesia más grande del mundo, en Nueva York, se tocó “Imagine” en el órgano (figúrense) y se calificó a Lennon como “un hombre de paz”. Y aquellos 10 minutos de silencio el 14 de diciembre a las dos de la tarde, hora de New York, solicitados por Yoko, marcaron el fin de una era y el inicio de otra. Es ahí donde el rock and roll perdió su inocencia y se colocó en la cresta de la ola, en el mismo sitio donde algunos años antes había estado el Jazz como fuerza social y política.

Al quedar viva, Yoko Ono se llevó la peor parte. Nada de lo que había vivido o sufrido con John le había preparado para esto: al enterarse en el hospital que no se pudo salvar a John, gritó que era mentira, que no era cierto, y sufrió un ataque de nervios y se arrojó al suelo, golpeándose la cabeza una y otra vez. Quería hacerse daño. Un amigo suyo la sostuvo, le ayudó a levantarse y le dijo: "piensa en Sean. Tienes que cuidar de él". Yoko habrá sacado fuerzas de donde no había y tuvo que ir a contarle a su hijo lo que había pasado. Lennon yacía muerto en la camilla de un hospital, y la noticia corría veloz como las balas que lo asesinaron.  En verdad fue como si hubieran matado a alguien de la familia: una de las peores formas de morir, asesinado por lo que eres, por lo que crees, por negarte a hacer lo que los demás quieren que hagas. Algo así como un crimen racial u homofóbico. Qué terrible.

Un fantasma de paranoia y horror cubrió la ciudad de New York y el resto del mundo, más o menos como ocurrió días después de los atentados del 11 de Septiembre del 2001. Subliminalmente, el hecho de que Chapman haya disparado contra su ídolo, contra la persona a la cual deseaba parecerse, para luego afirmar que "actuó solo" y que "recibió órdenes de su lado maligno", daba a entender a la juventud, a la generación de Woodstock, a la del amor libre, que había llegado un nuevo Sheriff al pueblo y que la vida humana valía lo que costaba una bala expansiva.  Que llegó el momento del miedo y la incertidumbre. Aquella noche del 8 de diciembre de 1980 no sólo murió un hombre, un cantante, un guitarrista, un Beatle, sino la confianza de toda una generación. David Bowie, Ringo Starr, Linda Ronstadt y Paul McCartney se consiguieron guardaespaldas inmediatamente,  y este último no salió de gira hasta nueve años después. Quizás fue el temor a  las balas, y quizás también por la poca predisposición del gobierno estadounidense a controlar las armas y a los locos que las usan. Ronald Reagan acababa de ser elegido el 4 de Noviembre y se venían años muy, muy rígidos y difíciles. El presidente electo, al ser preguntado sobre la muerte de Lennon, culpó a las pandillas criminales de Nueva York.

El mensaje de aquel fin de año de 1980 era, según el crítico Greil Marcus, uno severamente retrógrado y terrorífico: cualquiera que crea que tiene a Dios de su lado, además de una pistola, puede hacer justicia en este mundo pagano. El mensaje secreto: "algunos pertenecen a este país. Otros no. Algunos son dignos, otros no. Algunas opiniones son benditas, otras malignas. Con la bendición de Dios, los mensajeros del Señor separarán a unos de otros". Según Marcus, los puritanos habían regresado y con más fuerza que nunca, a reclamar de vuelta la sociedad que alguna vez fundaron, aceptando la vulgarización de sus creencias si eso significa que, una vez más, Dios y sus siervos serán capaces de ver a Estados Unidos, o a Occidente, y diferenciar a los elegidos de los reprobados, a los redimidos de los condenados. Dicho “mensaje” no inspiró a Chapman directamente, pero es ese tipo de mensaje, el cual juzga –o prejuzga– al inocente y al culpable, el que puede vincular un ataque de locura particular con una justificación pública. Puede señalar relaciones extramatrimoniales así como tendencias políticas y condenarlas rápidamente. Si un estado aprueba este tipo de comportamiento, entonces Chapman tiene el derecho inalienable de matar a quien considere está afectando negativamente su vida. He ahí el motivo por el cual Chapman se la pasa pidiendo su libertad condicional y por el cual se muere de miedo de ser envenenado o asesinado: para él, la muerte de Lennon fue algo que tenía que hacer, por más que luego afirme en los tribunales que fue una "fuerza maligna que lo forzó".

Yo les voy a decir qué es una fuerza maligna: el quemar libros, el quemar gente, el miedo a expresar una opinión y vivir temiéndole a todo. El asesinato de John W. Lennon fue el peor “tate quieto” dado a Estados Unidos desde las muertes de John F. Kennedy y Martin Luther King, Jr.: con el mismo loquito suelto de siempre, apellídese Oswald o Chapman, la pregunta importante no es el "quién", "cuándo" o “dónde”, sino "por qué". La respuesta al "por qué" la sabemos, tanto como las respuestas a las otras preguntas.

John nos dejó hace treinta años y los últimos diez años de su vida, o al menos la mayoría de éstos, fueron años de mucha honestidad y expresividad. Podemos haber estado de acuerdo con él o no. Pero no se calló la boca, no fue hipócrita. Luchó por lo que creía. Se convirtió en un hombre de paz, tal como lo afirmó la Iglesia. Un hombre cuya guitarra no disparaba, pero sabía a dónde apuntar. No tenía una AK-47 cuando grabó "Working Class Hero", sino una guitarra de palo y una voz directa, al grano. Con "Imagine" invitó a la gente a pensar más allá de lo que los periódicos, la religión, la geopolítica y la TV les embutían entre sus orejas. No planteó la creación de un nuevo orden con un manifiesto comunista musical (John Lennon no soportó ninguna forma de dictadura, y es por eso que los Beatles nunca fueron aceptados en la República Popular China, aunque Lennon tenga una estatua en La Habana, Cuba), ni pensó derrocar a aquel sistema capitalista que en el 2008 te falló a tí y a mí. Por sobre todas las cosas, John era un cantante. Punto. Si en 1966 afirmó que los Beatles eran "más famosos que Cristo", en 1980 demostró que su imagen transmitía un mensaje de paz, de amor, de entendimiento. ¿Los Beatles más grandes que Jesucristo? Es lo de menos. El mensaje era el mismo.

Los tiempos difíciles que le tocaron vivir a Lennon y a su generación fueron menos complicados que los que ahora llevamos. Ahora es más fácil borrar o edulcorar una idea antes de que llegue a la juventud y "cree problemas". Vean los rankings musicales de 1967, 1972 y 1976 y compárenlos con los de fines del 2010 y se darán cuenta: nadie plantea nada nuevo o interesante. Si hemos de considerar que el único rockero que puede hablar de política y ser tomado en cuenta es Bono, entonces estamos más que jodidos. Sin embargo, me alegra mucho saber que los Beatles aún siguen siendo materia de conversación. Eso quiere decir que la esperanza nunca se pierde, y que Lennon no murió en vano.

Para demostrar que no murió en vano, les dejo una carta que una gran dama, Diane Von Furstenberg, escribió a Rolling Stone poco después del 8 de diciembre. Su prosa urgente nos hace pensar muchísimo. John hubiera estado orgulloso:


John Lennon está muerto. ¿Quién mató al Beatle? ¿Fue un hombre limpio, heterosexual, derechista y viejo? No. Fue un fanático de 25 años que creció queriendo ser el músico, el poeta, el espíritu libre que John fue.


¡Por Dios! ¿Creímos que éramos lo máximo cuando nos dejamos crecer el pelo, cuando protestamos en las calles, cuando ingerimos LSD e hicimos el amor en vez de la guerra? Y sin embargo, demasiados de nosotros morimos en la guerra, demasiados de nosotros morimos por las drogas. Algunos de nosotros -los sobrevivientes- nos adaptamos a lo establecido y nos volvimos exitosos, ¿pero qué clase de éxito? Nuestro éxito fue uno egoísta: obtuvimos éxito y dinero, mucho dinero. Nuestros estómagos se llenaron y se redondearon. Nuestros apartamentos se volvieron más cómodos, y nuestros hijos se volvieron más malcriados. ¿Qué pasó con nuestras metas de cambiar el mundo? ¿Peleamos en el 68 sólo para que los ochentas nos dieran a Ronald Reagan?


Es hora de reaccionar ante nuestra apatía. Es hora de crecer. Olvidemos nuestras pequeñas satisfacciones. Es hora de unirse y pelear, pelear por la calidad de vida que merecemos y la calidad de personas que podemos llegar a ser.


Amamos a los Beatles. Uno de ellos fue asesinado... asesinado estúpidamente por el mero producto que crearon. Que no seamos la generación que se mató a sí misma. Es momento que nuestra generación sea la guía.


Diane Von Fursterberg, 


New York.


4 comments:

Piero said...

Excelente artículo Javier la verdad que lo que paso con John Lennon simplemente trascendió muchas barreras como bien dices el no tenia un arma pero si una guitarra y atraves de sus canciones expresaba lo que pensaba o sentia su muerte fue un absurdo inexplicable que nunca lo entenderemos porque solo un estúpido (lavado mentalmente o enviado por el gobierno norteamericano) por no decir otra palabra pudo terminar con la vida de uno de los más grandes compositores del siglo XX.
Saludos
Piero

Javier Moreno-Pollarolo said...

Hola Piero!

Complemento tu interesante comentario con lo que dijo Yoko este pasado 8: "Si John no se hubiera metido en política, aún estaría vivo". 30 años sin John, pero su memoria sigue presente y a veces pareciera que nunca se fue.

LUIS GUADALUPE said...

Hola mi estimado Javier. Muy buen post, realmente.

Han pasado 30 años de la absurda y estúpida muerte de John Lennon y todavía su mensaje sigue calando hondo en los que aprecian la buena música. Su muerte marcó un punto de quiebre y el fin de la confianza y seguridad en la gente y ya los músicos comenzaron a sentir miedo de correr la misma suerte.

Un fuerte abrazo.

LUCHO

CLARA said...

Muy interesante el tema...muy bueno tu blog.....te invito a que visites los mios: http://violetadia.blogspot.com/ y http://virtualmenteadicta.blogspot.com/.