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Monday, March 23, 2009


Presencia Viva del Tango

Por Ulyses Petit de Murat



9. La ley del coraje

Este guapo de comité, guardaespaldas y brazo de acción del caudillo parroquial, es uno entre miles. No cualquiera llega a su perfecto ocio, a su impunidad respaldada por altas influencias. Pero son muchos los que aspiran a serlo. La misma falta de protección policial trae la costumbre campera de la defensa propia, a los desguarnecidos arrabales de la gran ciudad. La ley primera, allí, es la del coraje. Para dirimir una cuestión no se llama al vigilante, por lo general inencontrable. Nace así el compadrito, como una lógica consecuencia ambiental. No es que todos los muchachos estén listos a enfrentar un duelo a mano armada. Pero afectan estarlo. Empiezan a moverse con un paso en que está implícito el desafío. A la larga, el incidente callejero no puede ser evitado. En la manera de situarse en él va la calificación y tranquilidad futura. Los que han ejercitado con éxito una valentía que en muchos casos es de mero relumbrón, pueden imponer su prepotencia en el arrabal que habitan o en las casas de mala fama donde llegan a contonearse con aire de dueños.

En el baile, con los procaces enredos con mujerzuelas y el trago fuerte, el compadrito encuentra su nivel de expansión. Tiene un lenguaje propio, una manera de vestir, costumbres personales. Para quitarle prestancia y autoridad, algun jefe de policía, cuando caen presos, les hace cortar la melena y los taquitos que dan a su paso un curioso balanceo. Su idioma se llama con el tiempo lunfardo, pues utilizan las palabras claves con que el delincuente, especialmente el ladrón, disfraza sus intenciones, explica sus planes sin que sean advertidos por un oyente circunstancial.

El tango le viene al compadrito como anillo al dedo. Para él resulta un franco elemento de seducción. Se perfecciona como bailarín, su forma preferida de cortejo, donde es bueno ser notado, para sobresalir entre sus competidores. Es entonces que el tango, por lo que en todos estos aspectos significa, empieza a ser un desterrado entre las familias trabajadoras y, ni que decir, conserva esa condición en las clases más elevadas y cultas. En sí es un baile mas. Pero en torno suyo se forja una especie de atmósfera oscura, secreta, casi inconfesable. Si trasciende algun estribillo, siempre es zafado y soez, de acuerdo a los oídos que lo absorben con preferencia. El compadrito da cátedra de dinero fácil. Provoca una sórdida emulación, con su atuendo vistoso y cuidado. Llega a ponerse anillos de brillante sobre las manos increíblemente enguantadas. Su viveza es alabada. El gringo hace plata rápidamente con el hurto de gramos a sus expendios. Pero así como un paisano no quiere saber nada en esos tiempos con la agricultura y es hombre de ganado y de a caballo, tampoco el elemento nativo de poca instrucción y menos luces quiere seguir los caminos que marca el inmigrante ávido y laborioso.


10. Variedades de Compadrito

Dentro del tipo social llamado genéricamente compadrito, hay por cierto muchas variedades. Montones forman el légamo que jamás accedió a la triste gloriola de los vividores de fuste. Ellos se conforman con una imitación pasiva del compadrito de alto estilo. Pero en sus distintas acciones y psicologías, unos y otros confluyen al tango. Le dan un contorno fuertemente provocativo y sensual. Con sus compases moldean a las mujeres que van a terminar por mantener su tremenda haraganería. Se produce la ridícula paradoja que muchos jovenes honestos, que trabajan en distintos oficios, tienen a menos esa buena conducta. Y si no acceden a los peldaños más destacados del hampa es porque les falta audacia. De todos modos, en las noches abyectas, dilapidan sus jornales, adulados por la melodía entradora del tango. Al florearse con su ritmo se sienten más hombres, crecidos en un halago que las mujeres fáciles y el alcohol estimulan. Hay que tener en cuenta en el descargo de centenares de estos compadritos casi forzados, que la ciudad, a pesar de su desarrollo, carece de diversiones a su alcance, aparte de las descriptas. El deporte que hoy concita el fanatismo de las masas, el fútbol, es practicado por unos cuantos ingleses locos. El teatro, generalmente de compañías extranjeras, domina pocos locales del centro.

Un vasto tedio acecha peligrosamente a esa juventud para quien hasta las novias escasean, pues la masa inmigratoria esta compuesta principalmente por hombres que han originado una gran desproporción entre el número de los dos sexos. No tienen más remedio que irse por ahí, aún a riesgo de regresar malheridos, luego de una triste experiencia de amor mercenario. Saben que hay que competir en ese terreno, desde que su naciente hombría salio a la calle. Inclusive, si se consigue una novia, hay que estar dispuesto a cualquier choque en su defensa, pues abundan los compadrones, los malevos, frecuentemente unidos en bandas despiadadas. La gente de avería manda en el bailetín del Palomar, en los piringundines o reñideros (como se les llamaba). Algunos nombres, hojas marchitas bailando en un viento tirante de olvido, nos dicen sus nombres: Tancredi, El Griego, La Tuerca, lo del Tano Nani, Las Tres Esquinas...



11. Evaristo Carriego

Pero no se vaya a creer que el tango hace voto de clausura en un círculo de infamia y vicio. Sigue en las calles. Los organitos de molinillo y los pianitos a manija, promulgan el tango a los cuatro vientos. Los fabrican Rangone y la firma Rinaldi-Roncallo. Los muchachos que nunca llegarán, por suerte, a compadritos, los bailan en las veredas; las muchachas, como dijimos, los miran de lejos con mirada tristona y nostálgica. Llegan a todas partes. Pronto estarán en el Palermo que habitan Evaristo Carriego y la familia Borges. Pronto estarán dictando algún poema sentido o cruzarán las rimas de Carrieguito, que antes de morir, en sus libros de versos, nos iba a dejar gran parte de la nomenclatura del tango. ¿Quién no recuerda la costurerita que dio aquel mal paso, la niña con cabeza de novia, que todo lo olvida, el guapo de la degradante paliza, la francesita cargada de añoranzas, la silla vacía par la ausencia del ser querido, la madre que espera, con la angustia que sólo una madre puede poner en la espera? Todos estos elementos tiernos o realistas, están en las páginas del autor de "Misas Herejes", que volvía del centro despacio y muy enfermo, hasta su casa de la calle Honduras. Y que a pesar de ser un cajetilla de cuello duro y elegante chambergo, sabía sentir el alma del suburbio. Lo advertía en la época que una literatura vacua y pretensiosa recogía los desechos del romanticismo o se complacía en la cita erudita de fenecidos dioses griegos.

Fue un testigo muy sensible. Entra en el sentir íntimo del compadrito, cuando afirma, al referirse a las hondas cicatrices que le cruzan el rostro, que quizás lo halaga a ese guapo llevar esos adornos sangrientos imborrables, a los que califica de "caprichos de hembra que tuvo la daga". En "El Alma del Suburbio" y en los poemas póstumos, habla del café, de la muchacha que siempre anda triste, del hombre que tiene un secreto, de la criadita Mamboretá, que alza sus manitos al cielo, como el pobre bichito popularmente designado con ese nombre. Muchos de los títulos de sus poemas proponen nombres de tango: "Has Vuelto," "Por la Ausente," "El guapo," "Aquella Vez Que Vino Tu Recuerdo"... "Has vuelto" se refiere, precisamente, al organillo. Dice que ha vuelto cansado y llorón como antes. El ciego lo espera sentado a la puerta. Calla y escucha, pues la música le trae memoria de casas de su juventud. Como ese ciego, hay montones que escuchan al clásico organito, por media del cual el tango se apodera de nuevo del aire libre, saliendo de la confinada turbiedad de los suburbios.

12. La Geografía Invasora

Dice Manuel Gálvez que de 1900 a 1901 tocaba al piano. También lo bailó:

"Durante un mes asistí a una academia donde unas chinitas bastante feas me perfeccionaron en la danza del suburbio porteño".

Conviene no olvidar que el novelista Gálvez se movía dentro del ambiente de la burguesía dorada. Socio del "Jockey" y casado con la escritora Delfina Bunge, nos demuestra que el tango no dejaba ajeno a su influencia a ningún sector social. Otros escritores miembros del patriciado, que pertenecieron a la renovadora generación de Martín Fierro, la de más alta calidad, junto con la del 80, del breve historial de las letras argentinas, escritores de la importancia de Oliverio Girondo y Ricardo Güiraldes o el mismo Benito Lynch, de la generación anterior, lo bailaron desde su adolescencia. Al revés de Enrique Larreta y Carlos Ibarguren, lo mencionaron sin desprecio, con una manera de sentirlo entrañable. Esto prueba que sabían discernir (Lynch, Girondo, Güiraldes), entre el elemento que había hecho del tango su música preferida, su puente funcional para inconfesables. pasiones, del tango en sí. Estamos ahora alejados del primer tango, suponiendo que pueda haber habido algo como un primer tango. Fuera "El Chicoba" (1865); "Los Vividores" o "La Quincena" (según el crítico musical Gaston Talamon); "Andate a la Recoleta" (según Carlos Vega); el mencionado "Dame La Lata" (según Héctor y Luis Bates); el incógnito "Tango Nº 1", de que hablan otros o llegara con "El Entrerriano" estrenado por Rosendo Mendizábal, familiarmente llamado "El Negro", en 1897, lo cierto es que el tango había hecho un largo recorrido, ampliando su geografía lirica. En todo caso no está mal que muchos piensen a "El Entrerriano" como el primer tango, ya que de los más viejos es el que mantiene una auténtica vitalidad y, en cierto modo, resume una dinastía formadora de la silueta definitiva de ese baile, tan difícil de recordar como las complicadas genealogías del Salvador que proponen los Evangelios. Lo cierto es que este tango fue ejecutado por Rosendo Cayetano Mendizábal en lo de Laura, cuya casa estaba situada en la calle Paraguay, casi esquina Pueyrredón. Ella contrataba el salon y mujeres para bailar. La orquesta trabajaba a precio fijo, dependiendo de las horas que actuara y de las propinas. Precisamente el nombre del famoso tango se debería a un nativo de esa provincia de la mesopotamia argentina. Un hombre muy rico y generoso en sus propinas al pianista y compositor moreno, que tambien tocó -mas tarde- en lo de Maria la Vasca y en el salón de la calle Chile, donde actuo hacia 1907.



13. El Tango en la Boca

La Boca es un importante lugar en el mapa de esta lirica difusión. En el Café Royal, situado en Suárez y Necochea actuaba un trio compuesto por Francisco Canaro, ejecutante de violín, Vicente Loduca, de bandoneón y Samuel Castriota, de piano, ganando cada uno ciento cinco pesos de sueldo. Frente al Royal, estaba el Café Concert. La guitarra de Ángel Villoldo popularizó el tango "El Porteñito." En la calle Suaráz, en el café La Marina cimentaba su fama Genaro Espósito, más conocido por "El Tano." Hay más aún. Más tango resplandeciendo en la noche de la clásica barriada portuaria. Vicente Greco y Domingo Greco se habían instalado en El Eden. Vicente Greco, llamado familiarmente "Garrote," nos iba a dar con el tiempo, "Racing Club," "El Morochito," "La Viruta" y, sobre todo, ese inolvidable "Rodríguez Peña," que no rinde homenaje al patricio de la Primera Junta, sino que se acuerda de un salón situado en la calle de ese nombre. Era un consumado bandoneón, el autor de "Ojos Negros." No le iba en zaga el alemán Bernstein, uno de los primeros músicos de escuela, que actuaba en un local de la calle Necochea. Muy cerca de allí, pero en la calle Suárez, lo hacía el pianista Roberto Firpo, de tan larga trayectoria en la historia del tango.


El salon Peracca, el café Garibotto, de San Luis y Pueyrredon, lo de Juanita Ramírez, el salon La Cavour, el café La Fratinola, otro situado en Córdoba y Bermejo, el boliche La Blanqueada, muestran, sin distincion de lugares ni fechas, en qué forma se iba tornando caudalosa la corriente del tango. Llega, en 1905, al distinguido restaurante El Americano. Todavia el tango no había alcanzado patente de libre tránsito para los que el arrabal llamaba "los cogotudos y cajetillas" del centro. Jose Luis Roncallo (socio de Rinaldi en lo de los pianistas y organillos callejeros) dirigía allí una orquesta clásica. Se entusiasmó con el tango de su amigo Angel Villoldo, "El Choclo," y lo tocó timidamente bajo el rótulo de "danza criolla." La clientela se tragó en escasa medida el eufemismo, entusiasmándose con el espléndido tango. Incidentalmente vale la pena recordar que su título habría nacido en la fonda del Pinchazo. Un local llamado así porque había libertad de pescar en la olla del sabroso puchero. Y entre todo lo que se podía pinchar, el manjar más apetecido era el choclo, designación del maíz en el marlo, al que los mexicanos llaman elote.

14. En Pleno Centro

Un tratadista afirma que el tango abandonó en forma gradual el centro que llama neurálgico, del tango en la Boca (Suarez y Necochea,) los barrios de Villa Crespo, San Telmo, Barracas, Boedo y San Cristóbal para irse, muy garifo, rumbo a lugares mucho mas céntricos. Juan Maglio (Pacho), pasa del Café Garibotto a pleno centro, en 1912. Roberto Firpo toca en el bar Iglesias, de la calle Corrientes, que resume toda la noche de Buenos Aires. Los Greco, con Canaro, debutan en el café El Estribo, situado en la calle Entre Ríos, al 700. Este café es especialmente recordado porque allí se oyeron canciones de los payadores Ambrosio Ríos, Ramon Vieytes y Betinotti, el hombre de la inolvidable "Madre Querida" y, en los últimos tiempos, nada menos que del dúo Gardel-Razzano.

Fuera ejecutado en una casa no mencionable en familia, como La Estrella, en el Z Club, La Reina de Saba, el café La Morocha o El Velódromo y el más famoso entre los famosos, la glorieta palermitana del sueco Hansen, la geografia lírica del tango, en la primera década de este siglo, ha conquistado ampliamente el dédalo de Buenos Aires. Y por consiguiente a Montevideo. También fuera de esos dos bosques de ladrillos, ha empezado a gustar apasionadamente. Su influencia, decididamente, es territorial en ambas margenes del Plata. Las pequeñas orquestas imitadoras de los módulos ciudadanos compiten bien con la música autóctona y con los payadores, cuyo ocaso empieza a acentuarse. Todo está preparado para el éxito de apoteosis que recibe, por ejemplo, en 1917, en Rosario, la orquesta de Firpo y Canaro. Van a Rosario, con motivo de los carnavales, acompañados por los bandoneones de Eduardo Arolas, Osvaldo Fresedo, Jose de Ambroggio y Pedro Polito; del contrabajo de Leopoldo Thompson; y de los violines de Agesilao Ferrazzano y Tito Rocatagliata.

Pero detengámonos aqui. No podemos pasar a la ligera ciertos aspectos legendarios del tango.

15. El Tango en el Norte

No indaguemos los motivos, porque ello comportaría una fatigosa inquisición acerca del misterio que hay en la selectividad estética. Lo cierto es que podemos preferir muchos grandes maestros de la pintura, pero jamás dejaremos de detenernos para admirar en el Louvre la Gioconda de Leonardo. El tango tuvo un millar de locales, durante su fascinante desarrollo y apogeo. Pero siempre se vuelve a los portones de Palermo, dintel de los dilatados jardines que componen el parque Tres de Febrero, al lugar preciso en que abrían sus lucecitas de colores las glorietas de Hansen.

El tango, en sus excursiones norteñas, dejaba escuchar trios en el café La Pajarera y el bar La Fazenda, del Bajo Belgrano. Dice uno de los más capacitados historiadores analitícos del tango, Luis Adolfo Sierra, que esos trios, que entretenían las veladas de la gente conectada con el turf, incursionaban las glorietas de Palermo,

"convirtiendo aquel lugar en el reducto inexpugnable del tango, precursor del espaldarazo consagratorio. El Tambito, el Velódromo, el Tarana y el Kioskito, atrajeron por igual a los compadritos del suburbio y a las patotas andariegas de la aristocracia porteña, dispuestos todos a participar por igual de aquellas trasnochadas entre tangos y trifulcas descomunales."

Esa gran burguesía ganadera y política que Sierra llama aristocracia, como es sabido, emigró de sus mansiones del Sur a causa de la peste de fiebre amarilla, luctuoso suceso acaecido en el año 1871. Construyeron sus nuevas viviendas en el norte de la ciudad. En una epoca en que ciertas distancias consideradas hoy breves se aparecían como muy extensas, es lógico que al venirse el tango hacia el Norte provocara más afluencia de otros elementos allí afincados. Estamos al filo del tiempo en que los que el decir popular llamaba jailaifes (del inglés, high life) y que no se atrevían a exponerse en los sitios bravos del tango, concurrieran a aprenderlo en las Academias (nada que ver con las antiguas montevideanas, del mismo nombre) de maestros del nuevo baile, formales y cumplidos como Carlos Herrera. Pero la mejor escuela, en suma, iba a ser lo de Hansen, que llego a tener categoría francamente estelar.

Arde la noche de Buenos Aires de principios de siglo. Hasta el amanecer reina el tango en El Tambito, donde triunfa el pianista Alfredo Bevilacqua, en El Velódromo, con los esguinces compadritos que le saca a su clarinete Juan Carlos Bázan, en la Glorieta y el Tarana. Todos lugares norteños. Nadie piensa en discutir de dónde vino esa música. ¿Que en el siglo XVIII se bailaba en el Teatro de la Ranchería el fandango, con figuras y coqueteos semejantes a los que hay en muchos otros bailes, pero en donde ya amanecía el abrazo futuro, estrecho a no poder más, del tango? ¿Que en las antiguas carpas de la Recoleta o en aquella del Bajo de la Bateria, del sargento Maciel ya se ejecutaba intencionadamente "La Flauta de Bartolo"? La transición se habia hecho definitivamente, quemando etapas en los últimos tiempos. Los progenitores de esta generación violenta llevaban en su recuerdo las figuras de los lanceros y aquellas elegantemente enlazadas del vals clásico. Pero el tango ya había realizado el milagro -como lo llama un exaltado comentarista- de insertar las figuras en el enlace.


16. El Pasatiempo

Esto sucede en todas partes. Juan Maglio (Pacho), abandona el patio de sus primeros éxitos, donde también había transcurrido su infancia, en Boedo y hace oír su bandoneón de sencilla filigrana, en el Once, el Abasto y Barracas. Domingo Santa Cruz, creador, en visperas de la Revolucion Radical de 1905, del tango Unión Cívica, alude, con música sin palabras a la gran figura de Leandro N. Alem, el tribuna del pueblo, que gustaba de confraternizar en los boliches, con su galera de copa media ladeada. Lo escuchan a Santa Cruz los públicos de la Boca, Barracas y Avellaneda. Sigue funcionando, abigarrado y brindando espectáculos heterogéneos, El Pasatiempo, del frances Forlet. Allí, en 1890, Nemesio Trejo habia estrenado "La Fiesta de San Marcos." Periodista, y en sus buenos tiempos payador como Evaristo Barrios y Martín Castro, Trejo habia prefigurado el tango con sus milongas que toda la ciudad cantaba. Gran retratista del pueblo, ese escenario de sus éxitos, El Pasatiempo, era una especie de barracón, de paredes tablonadas y techo de zinc. El jardín que lo bordeaba traía vagas reminiscencias de Forlet, aquellos bailes de Montmartre, donde el tango rioplatense no tardaría mucho en triunfar. Y en Retiro existía el conventillo de Don Lino, cuyas reuniones hubieran sido olvidadas, a no ser porque allí solía cantar un muchacho de diez y ocho anos, Carlos Gardel. Todo lo del luego esencia de tango, Carlos Gardel, ha sido computado, como es lógico requerimiento de la magnitud única de su figura. Por eso se anota que en el conventillo de don Lino, aquel cantor que había nacido un 11 de noviembre de 1890, a las dos de la tarde, en la Alcaldía de Tolosa, inscripto tan solo por su madre, Berta Gardes, con el nombre de Charles Romualdo Gardes, tropezó con el comisario Rossi. El mas tarde renombrado Morocho del Abasto, tenia cuentitas pendientes con la policía. No podía transitar tranquilo por las calles de la ciudad adonde habia llegado tan pequeño que de francés, aparte del origen, ya no tenía nada. La magia de su voz deslumbró al comisario Rossi. Le indicó que lo viera en el Departamento de Policia y allí las cuentas quedaron saldadas.


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