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Monday, March 23, 2009


Presencia Viva Del Tango

Por Ulyses Petit De Murat






17. Lo de Hansen

Pero volvamos al fulgor máximo del tango, apartándonos de otras constelaciones brillantes, pero menores. En el Tarana se instaló Hansen. Pronto fue el lugar donde rendían examen músicos, bailarines, calaveras de la noche porteña, y donde las entradas casuales que los grupos de muchachos aristocráticos hacian a los lugares como El Pasatiempo, se hicieron habituales. Estaba situado en Palermo, como dijimos, no lejos del actual Hipódromo Nacional. Todavía las carreras se corrían en Belgrano. Para ser más exactos, en donde se cortan ahora las Avenidas Sarmiento y Figueroa Alcorta, se abria la pequeña bahía de luz de sus glorietas, con servicio de restaurant.

Los demás lugares del tango, apenas podían competir con lo de Hansen. Juan Carlos Bazán, en el Velódromo, recurría a un artilugio de donde se dice nació su tango "La Chiflada." Como quien llama al estilo suburbano, Juan Carlos Bazán picaba una melodía entradora en su clarinete. Y conseguía detener a algunos que marchaban hacia lo de Hansen. Pocos, en realidad, si se los comparaba a los que pujaban por obtener mesa en las glorietas del sueco. Gente del arroyo, se mezclaba en ese local nocturno con la muchachada porteña encopetada. Por una mirada más o menos, por un dicharacho, era frecuente el encontronazo. Los jovenes distinguidos hacían frente a los cuchilleros con sus puños, trabajados en la esgrima del box. Se habla mucho de un cumplido deportista de aquel entonces, Jorge Newbery. Superficialmente, algunos los han querido tipificar con esos momentos de intrascendente juerga aventurera. Omiten, sobre todo a partir de los versos de Celedonio Flores, en la alusión que le dedica en su tango "Corrientes y Esmeralda" ("Amainaron guapos junto a tus ochavas - Cuando un cajetilla los calzó de cross",) omiten, repetimos, que Jorge Newbery fue un muchacho serio y cumplidor en sus estudios de ingeniero, que lo llevarían años más tarde, desde un alto cargo municipal, a dotar de alumbrado moderno a la ciudad de Buenos Aires. Estas noches eran el reverso de muchas conductas. Ejercer la varonía significaba no esquivarle el cuerpo ni el ánimo a nada. Las clases altas, con la vanguardia de sus hombres jovenes, empezaban a sentir la música del pueblo. Esta música, el tango, contenía para ellos una revelación que tal vez se les escapaba en toda su dimensión, como se le escapaba al compadrito. Pero mas allá del fragor de la pelea y el puro gusto de hacerse notar en una sentada, un puente macho o una media luna, estaba un ámbito que podríamos llamar de confesión.

El porteno -y mas el de ese entoncestenia una innata timidez, patente en su tremendo temor al ridiculo. Su honda sentimentalidad escondida, salia a relucir apenas en su forma de adoptar el tango. Pero su misma innegable perdurabilidad se demuestra en el hecho de que pronto hubo piezas que se enredaban con lo que ha sido definido como esencia misma de la poesia: la emocion recordaba con profundidad, en la confrontacion solitaria con el misterio total del universo. Un hombre perdido en la calle nocturna, solo y cansado de la alteracion de la fiesta (Ruben Dario dijo:

"mi corazón triste de fiestas"

suprema verdad), se apartaba del tango peleador de unas horas antes, para silbarlo como si lo acompanara, como si explicara en parte, de algun modo recondito, lo efimero de las pasiones, la imprecision del destino, y la sorpresa rica y constante de estar aún vivo.

18. El Pibe Ernesto

Pero una cosa es el hombre solo y otra el que instala una rivalidad frente a los demás. Una cosa es el Ponzio que conocí, cuando me lo presentó el Malevo Munoz (Carlos Muñoz, Carlos de la Púa, el autor de los mas hondos versos en lenguaje lunfardo, que tituló "La crencha engrasada"), despues de quince años de carcel, y otra el Pibe Ernesto, al que nunca se le caía el bufo (apócope lunfardo de bufoso: revolver), de la cintura. Se cuenta que en una de esas noches bravas del tango, una patota le exigió que tocara valses, mientras él ejecutaba su magnifico tango "Don Juan." Enfrentó al grupo agresivo con el arma de fuego sostenida por la misma mano que usaba para el arco del violín. Ordenó a sus músicos que siguieran con el tango, haciendo con su decisión, abortar la gresca.







Detengamonos un poco en este músico del Hansen. Ponzio habia nacido el 10 de junio de 1885. Su padre lo martirizaba con el propósito de hacerlo un violínista fino, para auditorios selectos. Cuando su padre murió, lo toma bajo su tutela un tío, tambien violínista y también con las mismas ideas. Con su compañera de estudios en el Conservatorio del gran maestro Williams (que llegó a componer un tango clasico, de concierto,) sale por ahí a tocar músicas del momento y ella, en la pandereta que es el instrumento que está aprendiendo, recoge los centavos que brinda un auditorio bien distinto al soñado por su padre. A los quince años el Pibe Ernesto es un hombre prematuro. La maduración ha ocurrido mientras frecuenta los cafetines del Paseo de Julio, la Recoleta y Palermo, donde pululan los guapos y malandrines. Ya hace cuatro años que se suicidó Leandro N. Alem, en ese coche que lo llevaba al Club del Progreso. Lo popular se filtra en la prosa vital de Luis Pardo y Fray Mocho, colaboradores de la revista mas difundida, "Caras y Caretas" y reina en el dialogo de Ezequiel Soria, Roberto J. Payro y, sobre todo, en el que es el más grande pilar del teatro rioplatense, el uruguayo Florencio Sánchez. A los diez y seis años, cuando se le pegó al payador Gabino Ezeiza, ya habia compuesto, en lo de Mamita, una casa nada recomendable, el tango "Don Juan," al que le puso letra Ricardo Podestá. Ponzio, recorriendo los caminos que conocía de memoria el negro Ezeiza, llevó el tango hasta Bahía Blanca. Al regresar, es fácil encontrarlo, con la clásica falta de contratos durables de la epoca, en los turbios piringundines de Lavalle, Junin, Cerrito y Ayacucho, en el Tambito y, por fin, en lo de Hansen. En esa glorieta actúa acompañado por Genaro Vázquez y Luis Teissaire. Corre su vida paralela al ascenso vertiginoso del tango. Pero una muerte desgraciada, en mitad de una trifulca, lo lleva a ser uno de esos castigados que la cárcel de antaño designa con un numero. Tuvo, sin embargo, un regreso triuntal. Es el centro, en 1932, con una resurrección de la Guardia Vieja del tango, de la que le dio lustre definitivo a lo de Hansen. Forma el eje de un espectáculo evocativo, del que participan Jose Luis Padula, el autor de "9 de Julio;" Eusebio Azpiazú, el moreno ciego, cuya guitarra está sonando desde 1880; Juan Carlos Bazán, el de "La Chiflada" de 1903; Domingo Pizarro; varios ejecutantes de la época en que el tango era música prohibida; varios músicos mas, las cantantes Rosita Quiroga, Azucena Maizani, Mercedes Simone y Tita Merello; y por fin Bianquet y los Mendez, gente de larga fama y rara excelencia, en ese arte de bailar el tango con una perfección que se elogiaba diciendo que "le sacaban viruta al piso". Bianquet, más conocido por El Cachafaz, era de los que no tenían rival en el tango, cuando lo bailaba en lo de Hansen, al extremo que su habilidad coreográfica lo ponía a salvo de las agresiones y burlas malévolas que otros bailarines tenían que soportar. O no soportar y someterse al código sangriento del cuchillo. Benito Bianquet murió en su ley, en 1942, en Mar del Plata. Le fallo el corazón, luego de hacer una exhibición de tango, pero recien cuando lo hubo rubricado con la firma que dibujaba con sus pies increíbles creadores de cortes memorables, y se disponía a tomar una copa más con sus amigos del club nocturno donde actuaba, trayendo por momentos la vieja atmósfera de la glorieta de Hansen.





De ese pequeño sitio inmenso en la geografía sentimental de Buenos Aires, nace toda una épica, toda una mitología. Imperio del tango canyengue. Aunque el vocablo, según alguna inquisición etimológica, fuera apenas la deformación del vocablo afro-cubano cañengue, que significa desmedrado, cansino.


19. Otros que aprobaron




Muchos formadores importantes en la evolución tanguística pasaron por lo de Hansen, aprobando con notas sobresalientes el implícito examen. El autor de "El Jagüel" y "Cordón de Oro," inspirado pianista; el rengo Zambonini, autor de "La clavada," cuyo defecto le había sustituido su legítimo nombre de pila, que era Ernesto, con su violín florido; Prudencio Aragón, llamado Johnny, que compuso el tango Las siete palabras; Roberto Firpo, que allí hizo sus primeras armas; y por fin, para no hacer mas larga la lista, Angel Villoldo. Nacio en 1864 y murio en 1919.




Se afirma que cuando le dio nacimiento a uno de sus primeros tangos, "El porteñito," aún andaba de cuarteador en Barracas. Aquellos versos ingenuos que acompafiaban brevemente la vivaz melodía llego a repetirlos la ciudad entera.






"Soy hijo de Buenos Aires
me llaman el porteñito,
el criollo mas compadrito
que en estas tierras nació"





era la cuarteta que surgía de la voz que la interpretaba en la grabación de Gobbi, cuando el apogeo del grafófono, como llamaban graciosamente muchos avisos de la época al invento de Edison, hizo por el tango lo que en una etapa futura haría la radiotelefonía.

El instinto filarmónico de Angel Villoldo lo llevó a fabricar un número muy curioso, con el que se lucía en los tabladillos de los cafés de extramuros. Guitarrero habia sido, por afición, desde que se acordaba. Pero ahora le puso una varilla a su guitarra para sostener una armónica cerca de la boca. Habilidad que solían y suelen practicar los excéntricos de circo, en el ambiente de los boliches fabricaba la ilusión de una pequeña orquesta. Y era tan certero el ritmo de Villoldo que siguiéndolo, cuando tocaba "El Esquinazo," los no muy refinados parroquianos, terminaban con la precaria vajilla, en tren de seguirle el compas, contra las mesas donde dinastías de manchas de vino se añejaban en la sufrida madera.
Así, por caminos que hoy se deslizan al filo de la leyenda, marchan en la evocación los ecos de otros nombres. Son los que componen la Guardia Vieja, de ámbito histórico en el sentir rioplatense. Enseguida del autor de "El choclo," pensamos en el tigre del bandoneón. Lo llamaban con ese mote ditirámbico a Eduardo Lorenzo Arolas. Fue un caso de extrema precocidad, ya que a los 14 años compuso "Una noche de Garufa," el tango que el editor Balerio compró por unos pocos pesos. Más tarde vendrían, para confirmar su capacidad creativa, "El Marne," "La Cachila," "Derecho Viejo" y "Catamarca." "Derecho Viejo" son dos palabras que sintetizan el modo habitual de improvisación, predominante en el momento, en lenguaje arrabalero. Vale decir, de entrada y sin más tramite. Arolas picó alto. Ejercía gran fascinación sobre las mujeres. Cuidaba mucho su presencia personal. Sobre las manos, anilladas con brillantes, caían los puños de su camisa, de encaje de Bruselas. La caña de su botín de reluciente charolado era de pano fino y se abrochaba con botones de nácar. Su pelo negro y sus ojos oscuros y profundos conmovieron a las francesitas de Paris con la misma fuerza que habían tenido para las muchachas de su ciudad. Cerrando con su vida una especie de típica letra de tango, murió en un hospital de Paris, en 1924. Había sido uno de los tantos expedicionarios que llevaron el tango a la ciudad luz. Aún en 1968, vimos bailar el tango en un dancing que aparece en la pelicula francesa Una Vieja Dama Indigna... Es que Francia, como España y, más tarde el Japón, siguen manteniendo una notable fidelidad a la música que cumplió en esos territorios una amplia conquista.








20. El Reino del Bandoneón

Con Arolas estuvo Agustín Bardi. Cierto que de paso, lo mismo que con Greco, pues era extremoso en cuidar su destino burocrático en el ferrocarril donde estaba empleado. De su alma de gaucho sureño nacieron "El Baqueano," "El Cuatrero" y "El Buey Solo." En cambio "Qué Noche" (inspirado en la nevada insólita que conoció Buenos Aires en 1918), "No Me Escribas," "La Última Cita" y el tema tipo Carriego de "Nunca Tuvo Novio," lo mismo que "Gallo Ciego," son obras que la ciudad le dicta a este músico que contribuyó en una forma decisiva en la composición, adelántandose a su epoca.

Nombremos otro músico de precoz iniciación. Vicente Greco, a los 16 años, ya andaba tocando el bandoneón en sitios nada recomendables. Este autor de tangos cuya sola mención basta, como "Ojos Negros," "Rodríguez Peña," "La Viruta" y "Racing Club," apuró su destino, al igual que Villoldo, que murio a los 33 años. Pero mientras este desaparecía a causa de una feroz paliza que en Paris le aplicaron sus rivales en el bajo mundo, Greco falleció de una enfermedad renal, secuela de un accidente. Marcó una fecha inolvidable en la expansión del tango, al inaugurar el Armenonville, al frente de un sexteto.

Para ese entonces se ha afirmado el reino del bandoneón. Instrumento venido de Europa, predominante en las orquestas y en una cantidad fabulosa de alusiones poéticas, le dió al tango un contorno fuertemente definido. Varios musicólogos afirman que el seguro origen del bandoneón esta en la ciudad alemana de Hamburgo. Y en el apellido de su fabricante, Band, la razón de su nombre. Cátulo Castillo, destinado a entrar en la celebridad con el tango "Organito de la Tarde," que compuso con letra de su padre, Jose Gonzalez Castillo y que popularizara de un modo fulminante la voz de Gardel, cuenta poéticamente la aparición del instrumento. Dice que lo trajo un inmigrante. Se pregunta si sería italiano, alemán, inglés o polaco. Piensa que el negro guitarrero del conventillo ocasional, donde este espectral bandoneonista fue a entonar sus endechas de allende el mar, se acercó con la clara simpatía dulzona de su estirpe y pidió el bandoneón recien llegado para ensayar sus propios sones. Y que luego, después de muchas tardes, y de otros hombres morenos, pardos y trigueños, se iniciaron trasuntos de milonga. Luego, una polifonía extraña, se plasma finalmente en el tango.

Entre los hombres que más trabajaron en él, está Juan Maglio, inseparable de su sombrenombre Pacho, escrito entre paréntesis, autográficamente, en las etiquetas de los tangos donde también iba su retrato, con los renegridos bigotes de puntas enhiestas para arriba. Parece que empezo en el café El Vasco, situado en el barrio de Barracas. Al principio tocaba un bandoneón que tenía solamente 13 botones. Luego conoció los de 44, 52, 65, hasta el de sus últimos tiempos, que ostentaba la posibilidad de una gama notable, con 71 botones.



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