
El pueblo, que cantaba versos de Villoldo o las creaciones humorísticas de los Gobbi tituladas "Tocci Fierro," "Muy del Aeroplano," "¿Que haces Pulentín?", o recitaba los versos de Cruz Orellana, diálogos de compadres, que se publicaban en la revista "La vida moderna", no necesitó nunca de ningún espaldarazo o recomendación para prohijar el tango. Es que el tango era algo muy suyo, una forma de expresión que le servía más allá del entretenimiento dominguero en los bailes de medio pelo del Gato Negro, el Z Club, el Peracca o el Lago di Como. El bendito de Luis Catalán, íntimo amigo de Arolas pasaba al papel los tangos del Tigre del Bandoneón.

26. Debuta el Tango en Sociedad
Hacia 1906 Enrique Saborido, actuaba como pianista en Mar del Plata, en La Perla. Deslizaba un tanto de contrabando (ya que había un subentendido sobre el particular al que sólo quedaban ajenos viejas damas y vetustos caballeros), algunos tangos. Los llamaba danzas criollas, si algún ingenuo preguntaba algo. El tango seguía excluído de la Guía Social. En la curiosidad de muchos hombres de destacada posición, Saborido vio un buen venero de plata. En la calle Cerrito 1070, instaló una academia de baile con el objeto de buscar clientes entre los que habitaban el distinguido barrio Norte de los aledaños de la calle Santa Fé y el de Belgrano, que después de tener su propio municipio, se había incorporado definitivamente al ejido de la Ciudad de Santa María de Buenos Aires. En los programas de la academia se incluía el tango. Pero allí se bailaba con el hipócrita estilo llamado liso. Vale decir, se le suprimían al tango las figuras que lo habían conformado y dado una auténtica personalidad, para que pudiera ser bailado alguna vez en los salones.
Saborido fue muy paciente. Durante tres años trabajó en ese tipo medio falsificado de tango. Luego, en compañía de otro gran bailarín, de apelativo Cortinas, más sus dos compañeras, sumamente expertas en esta clase de lides, organizó, en 1912, una presentación del tango. Tuvo lugar en el Palais de Glace, de moda entre los adinerados, o de los que se movían a su sombra, aprovechando la ventaja de un apellido doble y de discreto sonido hispánico, inglés, germánico o francés, ya que los italianos estaban sometidos a una cuarentena, por pertenecer a los que venían del otro lado del mar en calidad de simples inmigrantes.
Las parejas que encabezaron Saborido y Cortinas hicieron exhibiciones de tango que los cronistas de la época (los diarios daban mucha importancia a la sección sociales; nada menos que Benito Lynch fue el redactor de una de estas columnas) calificaron de brillantes y de ajustadas a una perfecta moralidad. El tácito plebiscito habia sido ideado por uno de los pocos caballeros de fuste con apellido italiano, el baron de Marchi, yerno del general Roca. Dos "tanos" mas, como se le decía a los italianos de poca monta, estaban en el tablado de la orquesta. Uno, el tano Genaro, tocaba el bandoneon. El otro, el tano Vicente, la flauta. Igual que el ejecutante de violín, se llamaba Vicente Pecce. Para distinguirlos, al flautista le pusieron el apodo de tano.
El tango había recibido su pasaporte, para ser presentado en los bailes de las mansiones que abrían sus puertas sobre las calles Santa Fé, Callao, Florida, la avenida Alvear o el barrio de Belgrano, donde llegó a resonar en la quinta-mansión de los Tornquist, los Ombúes, que aún, entre un horizonte moderno de altas casas de departamentos, ofrece el romanticismo de sus verjas mohosas y el encanto tránsido de nostalgia de su parque desaliñado. Fue capital, para esto, no sólo el mencionado baile del Palais de Glace, sino los ecos entusiastas, el pueril orgullo nacionalista, que traían los que habían asistido al triunfo del tango en Paris. Hacía tiempo que el meridiana cultural del Rio de la Plata había dejado de pasar por Madrid, para cruzar de un modo influyente y definido las antiguas arenas de Lutecia.
Para cosechar nuevos laureles, se fue a Paris, en 1913, el vasco Casimiro Aín, a quien seguía minuciosamente, en cada corte y quebrada, su compañera, la bailarina Edith Peggy. Actuaban a los compases del trío formado por Vicente Loduca, gran bandoneón, Eduardo Monelos, violinista y Celestino Ferrer en el piano. Trece años desde que el pardo Sebastián Ramos Mejía, cochero de tranvía de la compañía de Buenos Aires a Belgrano, aposentaba la voz de su bandoneón de 53 voces, en un bodegón de Canning y Santa Fé, y la distancia recorrida parecía casi inverosímil. La música del "Tango de la Casera," que había cundido en el Buenos Aires de 1880, denunciando la existencia de mil quinientos conventillos, con cuatro vecinos por pieza, entraba ahora en los salones, con los pasos sabios y cuidados de "El Lecherito," "El Cachafaz" o "Casimiro Aín," ante el creciente interes de la clase alta, a los compases de "La Guitarrita," de Arolas, "El Motivo," de Juan Carlos Cobián, el inspirado jovenzuelo que llegaba de Bahía Blanca, y en 1913 tenia solamente diez y ocho años, o "El Cachafaz," tango de Manuel Aróstegui, de esa misma fecha, dedicado al bailarin Bianquet que respondía a ese apodo. Aróstegui, también feliz autor de "El Apache Argentino," no solo en este tango, sino asimismo en "Champagne Tango," traía los reflejos del ritmo rioplatense inmerso en la vida nocturna de París. El Vasco Casimiro Aín actuó en Francia como maestro de tango. Ofreció espectáculos en Alemania, Estados Unidos, España e Italia. Llegó a bailar ante el Papa Benedicto XV. El destino le jugó una trágica pasada. A raíz de una intervención quirurgica, se quedó con una sola pierna.
Jean de Richepin hace el elogio del tango en la Academia de Francia, la Francia que ahora consume cigarrillos-tango y usa vestidos-tango. Bachicha D'Ambroggio se va a París, donde muere en 1964, cerca de los setenta anos. No es el único. Anclan allá los Pizarro, Agesilao Ferrazzano, Eduardo Bianco, Horacio Pettorossi, los Tanga, Mario Melfi, el tano Genaro, en distintas épocas. París, sin duda alguna, es una nueva y fulgurante capital del tango, al otro lado del charco.
27. Nace la Orquesta Típica
Dos años antes de los principales sucesos que acabamos de registrar, en 1911, sucede algo muy especial con respecto a los conjuntos tanguísticos. Hasta entonces no han tenido una denominación especial. Por otra parte, segun expresa el distinguido historiador del tango Luis Adolfo Sierra, a pesar del empeño de los instrumentistas por elevar el nivel de sus interpretaciones, poco se ha conseguido. El tango ha adquirido una personalidad inconfundible, pero la ejecución, a los oidos de un músico de escuela, resulta un tanto rudimentaria. Los recursos técnicos de los intérpretes tienen la lógica limitación que marca su calidad de aficionados, llenos de inspiración a veces, pero todavía en embrión y por lo tanto carentes de una gran variedad y atracción armonica. Las empresas grabadoras confiaban las melodías tanguísticas que se hacian populares a conjuntos mejor afiatados, pero que carecían de la intimidad exclusiva con el ritmo rioplatense. Vicente Greco, el bandoneonista y compositor, comandaba una de las orquestas que más luchaban por llevar el tango a un punto musical de mayor madurez. Resultaba una exigencia perentoria, ya que se habían multiplicado los cafés donde los parroquianos, al no bailar ni dejarse llevar por los fáciles entusiasmos de la aventura sensual o el alcohol fuerte, crecían en una más aguda sensibilidad critica.
Absortos en la pura melodía, en la demarcación estricta del ritmo, dentro de su carácter popular, conformaban una especie de auditorio de conciertos mínimos. Sumidos en un respetuoso silencio, valoraban, sopesaban, comparaban. Como Vicencente Greco logró su entusiasta adhesión desde el café El Estribo, al que ya nos hemos referido, la casa Tagini, situada en la Avenida de Mayo y Perú y dedicada a la fabricación y difusión del disco, resolvió ofrecerle un contrato al conjunto que capitaneaba. Había que distinguirlo de otros conjuntos, que a veces tocaban un tango, lo mismo que una mazurka o un pasodoble o una tarantela, haciéndole perder su perfil, en transcripciones musicales más escolasticas, pero menos genuinas. El pueblo requería discos de tango interpretados por los hombres de tango, los mismos a quienes acudía a escuchar con rara devoción. Las alusiones de las rondallas o de las bandas eran adquiridas en virtud de la atracción de melodías enraizadas en el alma popular, pero como algo provisorio, como, en todo caso, un disco de dos fases en que el tango resultaba supletorio después de la polka inserta en el reverso.
Para terminar con las confusiones, la orquesta de Vicente Greco recibió la denominación de orquesta típica criolla, que no tardaría en reducirse a la denominación perdurable de orquesta típica. Para ratificar las palabras del Libro de los Libros, en el principio, una vez más, estaba el verbo. Porque si bien la formación orquestal que iba a hacerse una sola cosa con el tango aún distaba de ser una realidad, esas dos palabras, orquesta típica, la prefiguraban. Poco importa que una lógica banal sugiera que hay un tipismo en cada una y en todas las ejecuciones, sean del tipo que sean. La semántica, ciencia del significado de las palabras que para nosotros reviste una importancia mayor que la fría grámatica y el a veces insoportable convencionalismo de los diccionarios, nos dice que hay mucho más en las palabras que aquello que asoma a su superficie.
El jazz quiso unirse con la universal acepción de banda. Las orquestas de diversos tipos buscaron una denominación casual, ya sea en la nacionalidad de los ejecutantes, en palabras caprichosas o huecas o simplemente referidas a formas ya envejecidas. Ninguna música popular encontró algo tan sencillo y definitivo, tan cargado de sentido, mas allá de los que hablan de música nativa o de otras circunstancias, como el tango al unirse en permanente connubio con la denominacion de orquesta típica. Al extremo que moleste ese agregado de Select, con que se distinguió el conjunto que, con Enrique Delfino, Osvaldo Fresedo, Tito Rocatagliatta, Alberto Infante y Herman Meyer, fue a grabar a los Estados Unidos, años más adelante.
28. Hace furor el Disco
El disco de tango hace furor. Más de quince marcas de discos lo demuestran. Graban mucho las orquestas típicas que dirigen los bandoneonistas Arturo Bernstein, Domingo Biggeri y Augusto Pedro Berto. Y vale la pena recordar que en el conjunto típico inicial, aparece un violinista, Francisco Canaro, que venía de los aledanos del arroyo, pero que llevaría su nombre a un lugar estelar, en una de las más largas trayectorias que conoce el tango. Gloria, Tocasolo, Pathé Atlanta y Sonofono son algunas de las marcas que distribuían en discos pesados y quebradizos, de setenta y ocho revoluciones, un tesoro musical que el tiempo ha tornado legendario.
Maria Rosa Oliver, hija de un ministro del ejecutivo nacional cuya casa estaba situada frente a la Plaza San Martín, nos dá en su libro de memorias Mundo, Mi Casa un testimonio de cómo se consideraba el tango en los ambientes empinados de la sociedad. Un medio día, la entonces niña María Rosa (tiene la edad del siglo) oyó la música que antes únicamente había escuchado tocada en el piano de los cinematógrafos. La música provenia de la pianola. La madre de María Rosa preguntó de qué se trataba. -"El Choclo" -contestó el padre, añadiendo-: Sé que te gustan.
La señora de Oliver le replica a su marido diciéndole que se dejara de zonceras, que de dónde había salido ese tango. Rodeada por sus hijas, ante la información del señor Oliver, que manifestaba haber comprado varios rollos de tangos, soltó su indignacion: -¿Cómo no pensaste en que esta música no es para una casa decente?
La señora de Oliver llegó a mencionar un lugar prohibido, cosa que causa a la niña una de las más grandes sorpresas de su vida. No hizo caso de la argumentación marital, en el sentido de que todo el mundo bailaba el tango ya en Paris. Dijo, lapidariamente: -Lo que es mis hijas jamás van a bailar el tango, mientras yo viva.
Pero los tangos siguieron resonando en la mansion de los Oliver. A su tiempo fueron bailados por las chicas, adolescentes en el momento del sabroso relato de Maria Rosa Oliver, que nos permite ver de adentro la reacción que perdió sus últimos escrúpulos en la famosa velada del Palais de Glace que hemos mencionado más arriba.
De paso la escritora nos hace acordar de otros dos elementos importantes de difusión, que también venían del otro lado del charco: la pianola y el cinematógrafo. Éste último necesitaba acompañar su mudez con una música adaptada al ritmo de la pelicula por el pianista de turno. ¿Quién iba a controlarlo en las interminables matinees, en las vermouth de moda, en las veladas para mayores? Así el tango alcanzaba, sucesivamente, desde los oidos infantiles que pertenecían a los que se regocijaban con las cintas cómicas o se ponian tensos con los melodramas en episodios, claro antecedente de las series de televisión, hasta los de los grandes, que acudían atraidos por el relato un tanto funesto y de exagerada mímica, del destino de alguna sufrida mujer, encarnada -por ejemplo- por Rina de Liguorio de quién se hizo célebre un affiche donde se la veía proxima a clavarse un punal en el pecho generosamente descubierto. Como se vé, erotismo y violencia constituyen una fórmula muy vieja, para atraer esas multitudes que aún seguían devorando el folletín por entregas de cuadernillos. Mediante la presentación de la colección completa, se obtenía un retrato al lápiz, ejecutado sobre una fotografía. La efigie de muchos protagonistas del desarrollo y creación de esa época nos han llegado mediante ese rústico procedimiento artístico.







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