
Por Ulyses Petit De Murat

Habían corrido dos décadas largas desde que los actores del sainete popular, hacia 1880, cantaban:
"Pero Manuela, Manuela,
Luego en un tango, ché, me pasé
Y a puro corte la conquisté".
por la inminencia de la puñalada
que es frontera del cafetín."

val, los vistosos núcleos corales e instrumentales que preceden las comparsas, van diseminando a su paso, entre fuertes aplausos, melodías tangueras. La misma prueba de adhesión escuchan los violines, guitarras, mandolines y bandurrias de la clasica formacion de las rondallas, que tocan al aire libre durante las festividades parroquiales. El tango es como un gran viento melódico que con esa ubicuidad característica del elemento aéreo en movimiento perenne, transita por todos los rincones. El tango ha dejado de ser, definitivamente, la música misteriosa y agresiva que describe Miguel A. Caminos en aquellos versos que dicen:"Nació en Los Corrales Viejos
Hijo fue de la milonga
Lo apadrinó la corneta
y los duelos de cuchillo
En vísperas del Centenario pueden verse discos de tango, en lugar preferente de vidrieras de casas tan importantes como The Invention Company, de José Stahlberg y Cía. Está situada en el Número 821 de la Avenida de Mayo. Y ofrece un magnífico aparato de gran bocina en forma de corola, al que llama grafófono, con más la delimitación exquisita y snob dentro del género de "phono d'art", al precio de 14.50 pesos moneda nacional:
22. El Tango Pasa el Charco
Empiezan a ser legendarias la figura de una Parda Deolinda, que llegó a ser temida hasta por los guapos más renombrados, par lo bien que manejaba el cuchillo; de un "Cívico," el compadrito que habitaba con "La Moreira" la pieza número quince de El Sarandí, conventillo al costado de la plaza del mismo nombre, entre Constitución y Cochabamba. Ese hombre envilecido, esas mujeres marginales, eran parte del tango que las dos riberas decentes del Río de la Plata rechazaban. El proceso de refinamiento estaba alcanzado a transformar a lugares y orquestas.
Le tocó a la fragata Sarmiento, durante su segundo viaje de instrucción, en el año 1905, llevar a Europa los primeros ejemplares de "La Morocha." Este tango nació en la esquina de la Confitería Ronchetti. Allí tocaba el piano un notable ejecutante y bailarín, Enrique Saborido. Le brotó espontáneamente, en un rapto de inspiración, del teclado que fatigaba largas horas, noche tras noche. Parece que la letra se la escribió su gran amigo Ángel Villoldo directamente sobre la mesa de pino del despacho de bebidas de un almacén, esa misma madrugada, cuando ambos prolongaban con unas cañas fuertes el regreso al cuarto de arrabal. La melodía fue registrada por Flora Rodríguez, la mujer de Gobbi, con el que armonizaba un dueto de renombre y éxito en difundidas grabaciones. Hasta su muerte, ocurrida en 1941, Saborido siguió gustando la plena vigencia de ese trozo logrado en unos pocos minutos de embriaguez musical.
Los cadetes y marinos de la gloriosa fragata Sarmiento cumplían una embajada musical, bailando y ejecutando el tango de Saborido. Años despues, una famosa cantante española, Paquita Escribano, trajo entre las "novedades" de su repertorio la estrofa que en la Argentina y el Uruguay todo el mundo sabia de memoria:
"Yo soy la morocha, la mas agraciada, la mas renombrada de esta poblacion..."
Ella, en su permanente deambular por el mundo, había escuchado cantar el tango en Barcelona y lo había visto bailar en Marsella. Sin saberlo, estaba embarcada en la estela musical que, a velas desplegadas, iba dejando la Sarmiento, mientras surcaba los vastos mares. El tango había cruzado el charco, denominación rioplatense del Océano Atlántico. No estaba lejos la hora en que, a través de la voz de Gardel, lo admiraran reyes, princesas, cumbres del canto lírico y popular, como Caruso y Bing Crosby, un interprete genial, como Chaplin, y un dramaturgo Premio Nobel como don Jacinto Benavente.
23. Tiempo de la Morocha
Agustín Remón dijo que Villoldo supo hacer con los versos de "La Morocha," subir el tango de los pies a los labios. Quizás la primera en cantarlo fue Lola Candelas, una morena con la que Saborido estaba entusiasmado. En un reportaje, Saborido contó que lo había creado como contestación a un desafío, pues le dijeron si era capaz de escribirle a la muchacha un tango. El eterno poderío del amor, capaz de mover el sol y las demás estrellas, como afirma el Dante al final de su poema inmortal. Estamos en el Buenos Aires donde el gran compositor Giacomo Puccini ha sido agasajado con un paseo en tranvia para mostrarle orgullosamente la ciudad de Buenos Aires, donde María Barrientos quiebra su voz de pristino cristal en los deslumbrantes agudos que resuenan en el viejo Politeama. La ciudad se divierte con Frank Brown, que inaugura el Coliseo, en Charcas al 1100 y sufre con la derrota de su amado equipo nacional, el Alumni, nada menos que por el humillante score de 8 a 0, que le inflige el Nottingham Forest, cuadro venido de Inglaterra.

Otro par de forajidas, esta vez en una foto de hace mucho, mucho tiempo.
Dos años despues la casa Gath & Chaves, en vista de la excelente venta de los discos nacionales, envía a Europa a Alfredo Gobbi y a su mujer, la nombrada Flora Rodríguez, junto con Ángel Villoldo. allí se dedican a grabar discos y conseguir una mayor difusión del tango. Ha transcurrido una década desde que se oyera por primera vez, en los poco recomendables bailes de Laura, un tango para siempre, "El Entrerriano." Y casi treinta desde que el padre de un futuro gran bandoneonista, Ciriaco Ortiz, que en 1968 aún hace resonar su instrumento con validez y talento en el muy porteño Caño Catorce, jugara sus compases un tanto primitivos.
En 1908 llega a Buenos Aires, donde habría de morir en 1927, a los cuarenta años de edad, Manuel Jovés, director del Orfeón Manresa, de Cataluña y acompañante de tonadilleras tan famosas como Raquel Meller, La Goya y la después eximia actriz (nacida en la Argentina), Lola Membrives. En 1910, Manuel Jovés se lanza a la composición de tangos, demostrando que ese ritmo ya no era privativo de un localismo rioplatense y podía ser ejercido por músicos venidos de otras partes, con tal que tuvieran los poros abiertos a una ineludible ambientación, como le sucedía a él. Asi se fueron escalonando, con su nombre, tangos de la fuerza de "Rosa de Fuego," "Loca," "Una Más," "Nubes de Humo," "Patotero Sentimental" y "Buenos Aires," este ultimo tributo a la ciudad que terminó por ser la suya por eleccion.

24. Rumbo a París
La gran sorpresa para el modesto brote musical de los arrabales de dos ciudades situadas en el lejano Sur. Desde un sitio que apenas si vislumbramos por las geniales novelas de Dostoyevski o el teatro increíblemente bello de Anton Chejov, nos llega la noticia, con aire de cuento de hadas, de que el zar de todas las Rusias, un hombre que gobierna un territorio que de punta a punta tiene once mil kilómetros, apenas tres mil menos de los que hay desde Montevideo a Paris, ha oído hablar de una danza perturbadora, que se ejecuta en un local de San Petersburgo. Ha querido verla y la ha aprobado. El tango llegaba desde París, en un tiempo en que las clases altas rusas hablaban francés, con una afición por lo latina que ya habían demostrado Pedro el Grande al edificar Petrogrado (la actual Leningrado) y Catalina II, en su prolongada amistad con Voltaire. Llega el momento en que no se puede hacer la excursión preferida por la muchacha acomodada de Buenos Aires, rumbo a París, sin saber bailar el tango. No está lejano el día en que la revista "Elegancias", que dirigia el poeta nicaragüense Ruben Darío, que hizo de la Argentina su segunda patria, iba a publicar una curiosa fotografía, obtenida en el local nombrado Sans-Souci (luego nombre de un tango memorable,) de la calle Caumartin Número 17. No se trata de un dancing para gente humilde, de la Rue de Sainte-Geneviéve o algún tugurio dudoso de Montmartre. En la fotografía se ve la suntuosidad de los interiores. Y distinguidas damas y atildados caballeros, bailando el tango. Es tal la atracción del nuevo ritmo sudamericano (aun tiene esta vaga designacion continental para la escasa atención geográfica de los franceses, muy ocupados con la perspectiva de reconquistar Lorena y Alsacia en una próxima guerra), que a las puertas del Sans-Souci se agolpan más damas y más caballeros, esperando con larga paciencia para penetrar al local de moda. Allí el tango sufre alteraciones y exageraciones coreográficas, que iban a desembocar en el celebre "tango" bailado par el rey de los galanes, Rodolfo Valentino, en la caprichosa versión de la obra de Vicente Blasco Ibáñez, Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Recordemos que Valentino vestia allí de gaucho... con sombrero cordobés, de los que usaban para torear los matadores que vuelven al ruedo en alguna fiesta de beneficencia, después de haberse cortado la coleta, amén de un chiripá absurdo y una casaquilla sacada quién sabe de qué imaginativa mente, desconocedora absoluta de nuestros hombres de campo.

Pero aun desvirtuado en parte, con figuras ampulosas y languidas, el tango se imponía en Europa, via Paris. Y daba a la pacata burguesía rioplatense, la ocasión de soltarse, abandonando los prejuicios condenatorios. La moda de París fue siempre casi una orden en el Río de la Plata. ¿Cómo, entonces, permanecer ajenos al furor de Paris por el tango? Color tango, hora té-tango, sombreros tango, amor-tango, toda una atmósfera sensual y refinada en torno a la danza que por fin, frente a la cuidada interpretación de Casimiro Ain, termina por aprobar el propio Papa.
Los muchachos (ya no tan muchachos, pero es una forma típica de decir, en la entrañable amistad a la que rinde culto por igual el argentino y el uruguayo) habían hecho sus diabluras, al compás ahora un tanto remoto de los tríos de violín, flauta y arpa, a los que solía agregarse un acordeón, un insólito mandolín y, algo mas tarde, la guitarra, en sustitución del arpa, antes de que adviniera el lujo del piano y la sorpresa del bandoneón. Habían estado en el Tambito, escuchando al Pibe Ernesto y tal vez alguno, más viejo, también al padre, Carmelo Ponzio, que era arpista. Recorrieron el Bajo de Belgrano y no hicieron caso, en tren de pelea juvenil y gozosa, de las prevenciones paternas 0 los pedidos de calma de Federico Hansen, el sueco que hizo famoso el antiguo local del Tarana de Palermo, al remozarlo. Ah, los trios de Palermo, con las fiorituras de flauta (habia que oir al tano Vicente), los pizzicatos de violín (Vicente Lomuto, padre de otra gran figura del tango renovador, Francisco Lomuto, lo tocaba que era imposible quedarse quieto) y por fin, los punteos y bordoneos de la guitarra, componiendo una armonía rebosante de picardía, un tango travieso y amilongado.
Todo esto componía recuerdos de una alegre juventud. Pero había llegado la época del hombre serio, enfundado en su dignidad política o de dueño de estancia y, francamente, ese hombre no concebía que sus hijas pudieran ser estrechadas, en el melódico abrazo del tango. Si alguna vez iban a escuchar el piano de Roberto Firpo, el violín de Alcides Palavecino y el clarinete de Juan Carlos Bazán en lo del sueco Hansen (que luego cambió de firma propietaria, llamándose de Giardini y Payró), lo hacian en misteriosa expedición. Sus mujeres creían que estaban en el Club del Progreso o en una secreta reunión pre-electoral. Claro que no se preocupaban de que Roberto Firpo hubiera realizado una modificación fundamental y perdurable, cambiando la guitarra por el piano. Para la mayoría de ellos el tango tenía el sello inconfesable de noches turbias en lo de Concepción Amaya, a la que llamaban Mamita, cuya casa estaba en la calle Lavalle 2177, en lo de Laura 0 la Vasca María, con casa en Paraguay y Pueyrredón y Carlos Calvo 2721, respectivamente, donde amenizaban las farras Rosendo Mendizábal, el negro Posadas, Alfredo Bevilacqua, Enrique Saborido y Samuel Castriota, todos hombres que dejaron músicas sentidas, que esos turbios lugares no merecían, pero que, en el fondo, significaban, justamente, la evasion interior, el anhelo de cielo que existe aún en los seres que más se han hundido en el arroyo. No en vano uno de los más grandes poetas del mundo, Charles Baudelaire, ha dicho, al referirse a la orgía, que, del hombre transformado en bestia y agotado, un ángel se levanta.








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