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Monday, March 23, 2009


Presencia Viva Del Tango

Por Ulyses Petit de Murat

5. Los Corrales Viejos

Cuando el tango ya es tango, cuando ha terminado su despaciosa elaboración, es cuando se baila, hacia 1880 en los Corrales Viejos, por la calle de la Arena, en el Sur de Buenos Aires. Para mostrar que oscilante es la historiografía del tango, basta decir que en ese año aún se llamaba el lugar "Mataderos del Sur" o de la "Convalescencia" o del "Alto". Pero "Corrales Viejos" ha resultado mas poético en la ímproba tarea evocativa.

Seguramente se bailaba en otros lugares del Río de la Plata, pero allí está su fé de bautismo preferida. aún dista de ser el tango argentino de la letra de Alfredo Bigeschi, a la que le puso música Juan Maglio (Pacho). En ella resultaria ser un hijo malevo, tristón, nacido en la miseria del arrabal.

En los Corrales Viejos el trío de acordeon, arpa y guitarra tiene ritmo picado, alegre, triunfante. En los bailes domingueros, que con tanto acierto describe Francisco Garcia Jimenez, bailaron el tango primitivo, sobre piso de tierra los hombres de cuchillo, que arreaban y faenaban reses, con las mujeres de su ambiente, de pollera almidonada. La tristeza vino despues. Básicamente con la incorporación de los bandoneones y la gran ola de inmigrantes que en pocos años hizo de Buenos Aires, ciudad de 250,000 habitantes, apenas la Gran Aldea descripta por López en páginas de frescura inolvidable, una extraña y creciente ciudad tentacular de un millón. Aportes que enriquecieron fundamentalmente el tango, aunque hayan causado la crítica de Jorge Luis Borges, que manifesto en "Tres vidas de la milonga" su nostalgia por el tango mas vivaz y milonguero. Precisamente Montevideo, a fines del siglo, con sus milongas y milongones, mas tenía el apogeo del corte y la quebrada, que tan claramente identificaba a los bailarines orientales, cuando ya empezaba el alborear del tango de cepa a dominar los arrabales de Buenos Aires. En la capital argentina los pasos eran mas breves y punteados; en la otra orilla mas largos y entradores.




Vista Antigua de Corrientes y Suipacha


6. Período de Expansión

Al sacarlo de los Corrales Viejos, muchos han imaginado un tango refugiado exclusivamente, en su periodo de expansión, en tugurios de distinta índole. Es fácil controvertir semejante aserto. En forma paralela, corrió en los patios de las casas suburbanas. El soldado que lo bailaba con las chinas cuarteleras en las carpas de la Recoleta -esas famosas y bravas mujeres de cuchillo en la liga- lo llevóp para los festejos familiares a las casas de vecindad. Allí música y baile, por razon misma de una aglomerada convivencia, no tenian nada de privado.

Lo mismo hizo el moreno, mulata o blanco civil que le daba gusto a las piernas en las romerias de Barracas al Norte, con su pareja conseguida entre las muchachas humildes y decentes. En las carpas de Santa Lucia y los bodegones de La Batería se multiplicaba el tango, enriquecido a veces el primigenio trio con mandolín y flauta.

Como en los comienzos del jazz negro, prevalecía la improvisación. No es raro que solo un nombre del año ochenta, Dame La Lata, haya conseguido traspasar el muro de un copioso anonimato. El esfuerzo de creación mas vigoroso y original de los ultimos siglos, como afirmó el talentoso músicológo Carlos Vega, iba abriendo su caudaloso cauce sin pensar nadie que, a la larga, haría historia. Pagar siempre es duro para la masa popular que vive al día. Quizas por eso recordó que a la entrada de la carpa debía adquirir fichas, que entregaba a la compañera ocasional para tener derecho a su nuevo ejercicio coreográfico. Y la estereotipada frase de la mujer, Dame La Lata, permaneció en su memoria.

7. Música Prohibida

Mientras los bailes vecinales que no han dejado rastro, pues están en la marea de los hechos cotidianos que también, como quería Maurice Maeterlinck, tienen su majestad, pero una majestad que funciona para pocos, seguían su rumbo, marcaban el suyo los lugares frecuentados por la gente de avería. Allí, muchas veces con el subrayado sangriento de la crónica policial, el tango comenzaba su etapa de música prohibida para los que, sintiendo intensamente su ritmo y melodía, no querían ser confundidos con los practicantes del bajo fondo. Los muchachos que por falta de dinero o por no correr los peligros que significaba acudir a La Estrella, de la Ensenada o La Red, ubicado en una procelosa barranca de San Telmo, se conformaban con silbar los tangos y ensayar entre ellos la danza que los fascinaba. Las muchachas, de vida más recoleta en aquella época, abrían su sentimiento a las melodías que llegaban desde el fondo de la noche o entornaban la celosía para ver y escuchar disimuladamente. Siempre con temor a la llegada de la autoridad paterna o materna, se entregaban a la presencia invasora del tango. Tiene razón, además, el poeta Jose Sebastián Tallón, al precisar la existencia de un tango que llama el tango de las hermanas. Era el que con discreción, enseñaban a tararear y bailar, los hermanos que ya embravecían su juventud en las juergas que tenían lugar en los sitios que no se nombran en las casas que configuran un hogar. En el ámbito doméstico solía funcionar la concertina, la armónica y basta el peine recubierto con papel de seda, instrumental muy simple que en ocasiones, también tomaba parte en los pobres conjuntos que animaban los tugurios del tango, formados en su inmensa mayoría por ejecutantes sin nada de conservatorio. Esos músicos no sospechaban siquiera la existencia del primer escalón del solfeo. Inventaban o creían inventar tangos que a lo mejor no eran más que deformaciones, llevadas al compás nuevo, de melodías muy viejas.

Asimismo el tango fue recogido por un instrumento totalmente insólito. Nos referimos a la corneta de guampa del cochero de tranvía. Viejas milongas, ya con mucho de tango, dan cuenta de las frecuentes peleas de este personaje con los morosos carreros. El vehículo que había aparecido en Buenos Aires hacia 1870, provocando al principio serios temores que su masa de hierro tirada por caballos, provocara toda suerte de catastrofes, era un cruce de los más variados tipos de la población, ya que el carruaje privado constituía un lujo y excepción muy superior a la que en este tiempo marca la propiedad de un autómovil. Incluso hay fotografías de fin del siglo pasado y principio del XX que ahora carre, que registran paseos en tranvía ofrecidos a distinguidos personajes.

En la plataforma del pescante, reinaba el cochero. El teatro evocativo, los dibujos de aquel entonces, lo han mostrado muchas veces con su gorra de visera ladeada, su pantalón bombilla, su faja negra, su saco corto partido al medio y su infaltable flor en la oreja, empuñando la corneta que debía servir de bocina. Él la usó también para establecer una llamada musical, en tresillo y quintilla, origen del estribillo del tango. Con el cochero de tranvía el tango se propagaba en el aire estremecido de la ciudad. Los sainetes lo muestran dicharachero, corajudo, de intencionada picardía ciudadana, luciéndose especialmente frente a las pasajeras y a las sirvientas, entre las que había instalado su coto de caza sentimental, con los toques fraseados de su corneta. García Giménez dice que Agustín Bardi apresó ese hilillo musical en los estribillos de composiciones como "Tierrita", "Oiga Compadre" y "Pico Blanco".


8. El compadrito

Súbitamente, Buenos Aires no sabe qué hacer con tanta gente. La ciudad tranquila, de 250,000 habitantes, está en un millón, como dijimos. El aluvión inmigratorio le ha impuesto un crecimiento imponente. Ahora sí que es la cabeza enorme para el cuerpo débil, segun la definición del pais por Sarmiento.

Estamos en una tierra casi de conquista. La vida promiscua multiplica los malos ejemplos. El inmigrante se siente libre, fuera de la circunstancia apretada y vigilante de su aldea europea, más allá de todo lo que pudo imaginar. Es muy difícil adaptarse a los cambios repentinos. Si el inmigrante piensa en hacer la América, el nativo quiere sacar ventajas del turbión a fuerza de viveza. La indolencia criolla no tiene muchas nociones del comercio, ni del trabajo metódico. La política de componendas que dejan afuera el autentico pueblo (y no importa el hecho que de esas componendas salieran, muchas veces, gobernantes esclarecidos) ha creado, dentro de su fauna pintoresca, un tipo especial. Es el guapo de comité. Las elecciones de voto cantado suelen terminar con el arrebato de las urnas de los atrios comiciales, a punta de cuchillo. Para eso se necesitan matones. Son tipos ociosos, a los que los politicos le otorgan una especie de tácita patente de corso. Pueden orillear cómodamente el codigo penal, con el juego ventajero, que tiene su descarado asiento en el propio comite y, basta que se atemorizan un poco con la ley acerca de la trata de blancas, cuya san cion consigue el joven diputado Alfredo L. Palacios, con beneficios aún mas infames, provenientes del cono todavia mas sombrio de las mujeres del arroyo.


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