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Sunday, June 24, 2007


Philosophy of the World (RCA Victor/BMG Clasics, 1999)

THE SHAGGS

Si a cualquier escucha más o menos versado se le pide que nombre un puñado de autores que se hayan adelantado a su época con obras que escapen a toda etiqueta y que, al mismo tiempo, constituyan pruebas de fuego para lo oídos, tal lista incluiría seguramente a Captain Beefheart, Albert Ayler, Red Crayola, Ornette Coleman, The Velvet Underground y otros, dictados por el gusto personal. A esa lista, sin empacho, proponemos una adición que, por su sola intención musical, merece un capítulo aparte: The Shaggs.

Y es que The Shaggs no son expertas en musicología, ni tienen teorías vanguardistas en la punta de la lengua, no buscan asustar a sus oyentes y ni siquiera se han enganchado a los excesos. Sus influencias —eso aseveran— están cifradas en Herman Hermit’s, Ricky Nelson, The Monkees y Desi Arnaz (crooner cubano de los cincuenta). Son tres hermanas que cuando grabaron su álbum debut hace 30 años ingresaron, sin saberlo ellas, a un terreno estético y ético del que son únicas habitantes.

Philosophy of the World (RCA Victor/BMG Clasics, 1999) es más un reto que un simple disco. Es una muestra de que por las vías de la ingenuidad y el desenfado tres adolescentes de Fremont, New Hampshire, impulsadas por su visionario padre, lograron hacer un disco que parece emerger de un sitio donde no existe la radio, las grabaciones fonográficas, ni las nociones más elementales de ritmo, melodía o acordes. No es ruido ni caos lo suyo. Al cabo de tres audiciones completas y continuas de ese redondo —de las que no se sale íntegro— se advierte que The Shaggs poseen una lógica interna muy propia, una manera de estructurar sus canciones que desbarata todo lo que conocemos hasta ahora como música pop. Acordes cortados de tajo, voces ajenas a cualquier afinación, ritmos descuadrados, abruptas transiciones armónicas y una batería que obedece a la extraña percepción de su ejecutante (más que a la inexistente simetría interior de las canciones) se extienden a lo largo de 12 temas que, al final y sin embargo, logran aglutinarse como artefactos que funcionan espléndidamente. O como señalara con precisión Bruce D. Rhodewalt de Los Angeles Weekly: "Si podemos juzgar a la música basándonos en su honestidad, originalidad e impacto, Philosophy of the World, de The Shaggs, es el disco más grandioso jamás grabado en la historia del universo".

A mediados de los sesenta, la música era materia frecuente —por radio y televisión— en el hogar de las hermanas Wiggin. Su padre tocaba la armónica, mas como no pudo tener una educación musical a temprana edad, procuró que sus hijas sí la tuvieran, alternándola con la high school. El hecho de que ambos estudios se efectuaran por correo contribuyó a que Dorothy forjara composiciones sin influencia ni orientación alguna (su vida social era más que restringida y nunca había estado en un concierto). En 1967, Austin Wiggin Jr. convenció a sus dúctiles descendientes de que formaran un grupo: Dorothy tomó la guitarra líder, Betty la guitarra rítmica y Helen la batería. "El sueño más grande de mi padre era que hiciéramos un disco", ha recordado la compositora del trío. "Teníamos que ser populares y más tarde nos iríamos de gira".

El plan funcionó a medias. El 9 de marzo de 1969, The Shaggs (bautizadas así por el señor Wiggin en alusión a los perros melenudos y por un corte de pelo en boga) ingresaron a los estudios de grabación Fleetwood, en Revere, Massachusetts. Cuando el ingeniero de grabación escuchó lo que tocaban (canciones que aludían a una mascota perdida, a ser novia de un tipo siempre aburrido, a la crisis de la pubertad, a la felicidad del Halloween, a la amargura de que el galán ya se volvió serio y no quiere seguir jugando) propuso que tal vez las chicas quisieran ensayar un poco más. Austin Wiggin no aceptó la indirecta y exigió, dado que él estaba pagando, que se les grabara en ese instante, "ahora que traen cuerda".

Tras registrar 12 temas, todos escritos por Dorothy, un tipo allí presente, Charlie Dreyer, se ofreció a imprimir el disco y distribuirlo en su sello, llamado Third World. Por supuesto, pidió un adelanto monetario y al cabo de unas semanas aseguró que ya tenía listas mil copias. Envió a los Wiggin una caja con 100 discos, y así como llegó desapareció de esta historia llevándose los otros 900 vinilos y la promesa incumplida de promover Philosophy of the World.

El álbum fue enviado a estaciones radiofónicas, y aunque se le programó regularmente en una difusora de Boston, no sucedió gran cosa. El ahora cuarteto (tras el ingreso de Rachel, la hermana menor, en el bajo) halló un local donde tocar todos los sábados en la noche, pero el fallecimiento de su mentor, en 1975, significó el fin del grupo. Lo que ignoraron durante esos años es que el impacto de Philosophy of the World cundió como epidemia en ciertos círculos: Frank Zappa lo escuchó y no dudó en calificarlo con estas palabras: "Son mejores que The Beatles, aún hoy"; la compositora y pianista Carla Bley sólo pudo decir: "Me dejaron el cerebro completamente en blanco"; Jonathan Richman, experto en materia de ingenuidad, aseguró: "Para mí, una canción acerca de la vida real es mejor que una decena de canciones ‘profesionales’. Cuando las escucho, The Shaggs me convencen de que son lo más auténtico".

Pero todos hablaban de un disco que nadie conocía. En el mercado de coleccionistas, Philosophy of the World se cotizaba a fines de los setenta en 200 dólares. Por fortuna, el saxofonista Keith Spring le hizo escuchar una copia en cinta a los integrantes de NRBQ (banda de robusta carrera en todos los géneros derivados del rhythm and blues), y tras algunos arreglos y un grave revés (la pérdida de las cintas matrices), el disco apareció en 1980, todavía con formato de long play, en el sello Red Rooster/Rounder. Ocho años más tarde, un disco compacto, titulado The Shaggs, compiló esa legendaria grabación con otra —Shagg’s Own Thing—, pero la remezcla y una portada pobre en su concepto enfadaron a los puristas.

Afortunadamente la historia de The Shaggs no se ha cerrado. Dorothy descubrió las cintas con las tomas originales en un armario en su casa y tras la cuidada postproducción de Irwin Chusid y Terry Adams (tecladista de NRBQ) la versión definitiva de

Philosophy of the World brinda hoy la oportunidad de escuchar a un grupo que sabe conciliar (en presente, pues nadie creería que el álbum tiene tres décadas de vida) términos como naïve, primitivo, amateur y seminal. Una joya para oídos en busca de riesgos.

Jesús Quintero, Junio de 1999



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