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Tuesday, June 12, 2007


Tomado del diario "El País", año II, número 49, Jueves 20 de Octubre de 1988.
Músicas Emergentes - Parte 5
Europa encuentra nuevas fuentes de inspiración en África y Oriente.

Para Oídos Españoles
El mercado nacional comienza a despertar




Escribe: Manuel Domínguez





Una cieta curiosidad recorre media Europa, que se dispone a descubrir la música que se fabrica al Este, al Oeste y sobre todo al Sur de sus fronteras. En París y Londres fundamentalmente, pero también en Berlín, Bruselas o Roma, el interés por las músicas africanas, caribeñas, orientales o balcánicas crece conforme se las va conociendo.

En España, la ya tradicional postura conservadora de los agentes comerciales se muestra muy a las claras en todo lo que concierne a estas nuevas y no tan nuevas tendencias en torno a los más o menos étnicos.

Resulta inconcebible que artistas de la categoría de Touré Kunda, por limitarnos a un solo ejemplo, no hayan visto aún editados sus álbumes en nuestro territorio, máxime cuando sus actuaciones en España han convocado a miles de personas y se han saldado con un rotundo éxito.

Sólo algunos ayuntamientos y unos pocos promotores privados corren el riesgo -relativo según para quienes- de contraattar artistas inéditos en estas tierras pero primeras figuras allende. A menudo, una vez firmado el contrato parece como si no hubiera más que hacer. Esa buena voluntad inicial termina ahí.

Es destacable el encuentro que se ha producido entre el flamenco y la música arábigo-andaluza. Pero falta profundizar en esa línea de trabajo, ya que en general no se ha pasado de una mera yuxtaposición musical.

Mientras en el festival de Otoño se agotan las localidades de las tres actuaciones de un poco conocido grupo argelino de cantos y bailes folclóricos, otro grupo, esta vez marroquí, apenas convocaba medio centenar de espectadores en un auditorio municipal pocos días antes.

Comentarios como "demasiados artistas negros" o "todos hacían lo mismo" referentes al concierto homenaje a Nelson Mandela, ofrecido por televisión, dan idea del desconocimiento que hay.

La lista de agravios comparativos, de cosas a medio hacer, de muestras claras de desinterés, se engrosa día a día y desde múltiples frentes. Y sin embargo se supone que la música africana está de moda y que detrás llegarán otras que ya están llamando a la puerta. Y hay que subirse al carro para no perder comba.

Pues no. Es algo más complicado y no conviene hacer simplificaciones. Hablar de la música africana o de la oriental es tan inexacto como hablar de la europea, ya que en cualquiera de estos ámbitos conviven cientos de géneros, estilos y formas que muy poco tienen que ver entre sí. En la actualidad apenas estamos introducidos en la música de algunos artistas surafricanos y zimbabuos, de una parte, y de África Occidental, de otra. Poco sabemos del euskeusta etíope, Nos suena el soukous, el highlife, el makossa, el mbalax, pero ¿sabemos distinguir unos de otros? Se conoce mucho más la salsa del Caribe (y del Bronx) que la soca o el zouk antillano, o los ritmos vallenatos de Colombia. Resultan familiares los nombres de los violinistas hindúes Shankar o Subramaniam, pero no los de los qawwalis Nusrat Fateh Ali Kahn o Hermanos Sabri, ni de los bangras Heera o Kalapreet. A estas altturas, Marta Sebestyén es una perfecta desconocida. Veamos pues cómo hemos llegado hasta tal estado de cosas.

En los setenta, lo más popular con unas ciertas referencias étnicas era la llamada música celta y los cantos de raíz andina. Los escasos discos que recogían el folclor de tierras exóticas nacían ya con vocación de saldo. Ya en la presente década Harmonia Mundi, distribuída inicialmente por Edigsa y luego por sus propios medios, empezó a introducir las grabaciones del sello francés Ocora. Estos álbumes, que abarcan un amplio espectro del hecho musical: la tradición oral, la ritual y religiosa, la culta, la popular, etcétera, han dignificado la oferta.

Desde Grecia hasta Japón, pasando por Turquía, Pakistán, India, Vietnam y tantos otros países, podemos encontrar tanto la música rigurosa de una orquesta de corte o las más libres improvisaciones de músicos populares. Así hemos descubierto en Turquía la música sufí del ney de Nezih Uzel y el canto de Kusdi Erguner, la gitana de los hermanos Erkqose, las historias de los achiks Veysel y Feyzullah Tchimar, el virtuosismo al baglama de Talip Ozkan y al ud de Cinucen Tanrikorur. En Grecia, los cantos polifónicos de Epiro, los épicos de los Acritas o el rebético tabernario y la primera y única grabación de Titsanis disponible en España.

Mediante los discos de Irán e Irak hemos entrado en contacto con el tar, el ud, el zarb, el santur y las técnicas del maquan. Si Edigsa ya había iniciado la edición de la obra de Om Kalsoum, que continuó poco después PDI, ahora accedemos también a la de los músicos del Nilo.

De la más conocida India nos llegan sorpresas como la voz de Lakshimi Shankar o el sarangi de Ram Narayan. De un poco más al este, una música tradicional tan moderna, tan actual, como es la vietnamita, de la mano de Trân Van Khê y Trân Quang Hai. La lista se puede hacer interminable. Esta labor encomiable de Ocora no oscurece el trabajo de Arion o algunas grabaciones de Guimbarda editadas unos años antes.

Desde el jazz y desde el pop han surgido y surgen procesos de fusión que mantienen en candelero la presencia de músicas de variada procedencia. Codona, dolorosamente extinto, fue el grupo paradigmático en este campo de las interrelaciones étnico-musicales. Igualmente la new age proporciona ejemplos múltiples.

Un grupo alemán, formado por antiguos miembros de Embryo y reforzado por músicos profesionales de distintos países, fue el primero en llegar con éxitos a las españolas. Dissidenten había trabajado con el Karnataka College of Percussion antes de hacerlo con instrumentistas de Magreb, y ya está ocupado con gente Zimbabwe. Con integrantes de Lem Chaheb, el grupo de Casablanca, es con quien ha establecido una mayor compenetración. Juntos sus Sáhara Eléctrico, Sombras Árabes o Vida en las Pirámides no sólo han vendido discos sino que han llenado salas de espectáculos. Más importante para nosotros es la línea de trabajo que existe entre músicos españoles y norteafricanos. Aunque intermitente, ha dado buenos frutos. En general se trata de un intento de hermanamiento entre el flamenco y la música arábigo-andaluza. Falta, sin embargo, profundizar en el tema, ya que en general no se ha pasado de una mera yuxtaposición musical, Macama jonda, de José Heredia Maya, y Encuentros del Lebrijano con la Orquesta Andalusí de Tánger son dos buenos prolegómenos. Otra cosa es Xarq Al-Andalus, una obra de gran solidz hecha conjuntamente por los valencianos Al Tall y los músicos gnauas de Marraquesch Muluk El Hwa, sobre poemas árabes de los siglos XI al XIII. No olvidemos tampoco las incursiones de Lole o de María del Mar Bonet.

Si hay que poner un antes de y un después de está claro que el punto de referencia nos lo dá Graceland, del norteamericano Paul Simon. Fue el gran éxito que ha conseguido romper el hielo entre los más recalcitrantes de la industria discográfica y despejar las dudas sobre la rentabilidad de estas operaciones.

Simon grabó la mayor parte de sus canciones con músicos sudafricanos; junto a ellos intervinieron también tex-mex y cajunes, representantes de otras músicas calientes a las que hay que referirse. Tanto una como otra no han agotado su potencial en España. El triunfo de Los Lobos y "La Bamba" no hace sino aumentar la extrañeza ante la ausencia de las grabaciones del Flaco Jiménez en nuestras tiendas. El cajun y su hermano el zydeco son casi unos desconocidos a pesar de que hayan circulado discos de Clifton Chenier o Les Freres Balfa, o de la banda sonora de Mi querido detective, un ejemplo de lo que se está haciendo ahora mismo en Louisiana.

Pero volviendo a lo nuestro, poco antes de que Simon descorriera el pestillo y nos enterásemos de quién era Joseph Shabalala o Ray Phiri, ya se habían editado algunas cosas por aquí. Volando lejos encontraremos a Osibisa, grupo de Ghana infiltrado en los oscuros senderos del rock de los setenta.

Es posible que alguien se extrañe al saber que Fela se editó aquí en 1972. Fueron dos discos en compañía de Ginger Baker, Stratavarious y Fela Ransome Kuti and the Africa '70 with Ginger Baker Live!

Igualmente salieron cosas de Manu Dibango y del congoleño Franklin Boukaka, quien se coló de rondón en un álbum de la serie Folclore del mundo, de Movieplay.

Menos inadvertidos pasaron los dos excelentes discos de King Sunny Adé and his African Beats Juju music y Synchro system, casi únicos representantes en nuetro pais de la mejor música nigeriana.

Acto seguido del Graceland, en 1986 se publicaron dos buenas recopilaciones: una, The indestructible beat of Soweto, dedicada a la música del suburbio de Johanesburgo, y la otra, Go South, tan diversificada geográficamente que hasta incluía un tema de Trinidad. Soñúa y Nuevos Medios se llevan la gloria de su audacia pionera. Por entonces se podía conseguir en nuestras tiendas un disco maravilloso hecho al alimón entre Herbie Hancock y Foday Musa Suso, Village life.

Dro fue más allá e intentó abrir brecha con tres álbumes de golpe, Real sounds, Ghetto Blaster y, el mejor, Zani Diabate y la Super Djata. Buenos grupos, pero no de primerísima fila, como lo que gota a gota va a ir llegando después.

El último aldabonazo

Y es que tanto WEA como Virgin y Nuevos Medios, unas veces en sus series de importación, otras en edición española, han puesto a nuestro alcance obras de tanta categoría como las de Youssou N'Dour and Super Etoile, de Dakar, Nelson Mandela e Inmigres; de Miriam Makeba, la bellísima Sangona; de Ladysmith Black Mambazo, Shaka zulu; de Toumani Diabate, Kaira; de Bhundu Boys, True jits; de Mahlathini, The Lion of Soweto; de Hugh Masekela, Tomorrow, y el segundo volúmen del Indestructible Beat of Soweto, Thunder before Dawn.

El último aldabonazo lo ha protagonizado Johnny Clegg con su grupo Savuka. Su inolvidable actuación en Madrid y su álbum Third World Child han mantenido vivo el interés por la música sudafricana.

En estos días, acercarse a una tienda de discos empieza a resultar gratificante, pues la oferta de álbumes que nos atañen no hace sino crecer. Se acaba de publicar un nuevo álbum de Ladysmith Black Mambazo, Journey of Dreams: el primero en nuestro país de Alpha .Blody, Revolution, una de las obras más confusas del continente negro; los discotequeros trabajos de Mory Kante, Akawa beach, y de la israelo-yemení Ofra Haza, Shaday; otras dos recopilaciones de Soweto -ojo con Sounds of Soweto, que es un auténtico fiasco-; el Tsvimbodzemoto de los Bhundu Boys, mucho más contundente que el True jit, y el espléndido Soro de Salif Keita.

Mención aparte merecen Zimbabwe frontiline y Rai rebels, dos nuevas selecciones de Earthworks que repercuten en dos campos musicales de actualidad.

A punto está de editarse Shongai, un álbum grabado por el grupo gitano madrileño Ketama y el tañedor de kora Toumani Diabate, con la presencia al bajo de Danny Thompson (Pentagle) y producido por Joe Boyd. Está previsto su lanzamiento simultáneo en Londres y Madrid.

Para concluir es de justicia mencionar a quiénes ha ido abonando el terreno para que estas músicas sean ahora algo más conocidas aquí. Ya citamos a ayuntamientos y promotores privados. Tiendas como Tony Martin o Discoplay, en Madrid, mantienen un nutrido muestrario de lo que se edita en París y Londres, bien mediante importaciones propias o a través de Arpafolk, pioneros en la materia. No podemos olvidar a francotiradores como Rodolfo Poveda, José Miguel López de Haro, Álvaro Feito o Juan Alberto Archete, que desde sus programas en Radio Tres, Radiocadena y Onda Madrid han hecho llegar cantos guerreros zulúes, koras senegalesas o guimbris magrebíes a muchos hogares.

Las revistas del ramo, por su parte, no han sido excesivamente curiosas y han reservado muy pocas páginas a hablar del tema. Ruta 66 dedicó, en los números 20 y 21, 10 páginas a recorrer país por país la geografía africana. Rock de Lux hizo lo propio en el número 33. La semiclandestina ffffOLK, en los números 7 y 9, llenó un total de 33 páginas a base de artículos, mapas, cronologías, dibujos y una lista con más de 200 entradas con artistas, instrumentos y géneros musicales. Lo más completo hasta la fecha. Curiosamente, Elle, en el número de este mismo mes, se ocupa, y muy bien que lo hace, del Rai.




En España, la ya tradicional postura conservadora de los agentes comerciales se muestra muy a las claras en todo lo que concierne a estas nuevas y no tan nuevas tendencias en torno a lo más o menos étnico (en la foto, el músico malinés Salif Keita)

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