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Tuesday, June 12, 2007


Tomado del diario "El País", año II, número 49, Jueves 20 de Octubre de 1988.

Músicas Emergentes - Parte 2

Europa encuentra nuevas fuentes de inspiración en África y Oriente.

Sube la fiebre étnica

La agonía del Rock encuentra remedio en el Trópico

Diego A. Manrique

Pobre Raví Shankar. Le habían aleccionado sobre la impotancia de establecer buenas relaciones con el guitarrista de un conjunto pop al que no conocía, "algo así como los Beatles". Les presentaron en una fiesta, y el inglés, un tal George Harrison, le manifestó su deseo de acercarse a los secretos del sitar. Shankar le invitó a trasladarse a la India. "Sólo podré estar seis semanas. ¿Será suficiente?". ¡Seis semanas! Él tenía 18 años y el dominio práctico de numerosos instrumentos cuando entró en la gharana del maestro Allauddin Khan, donde pasó siete años de intenso estudio. Bondadoso y atento a las posibilidades publicitarias, Shankar hizo lo que pudo por el chico de Liverpool, cuyos posteriores devaneos con el intrincado instrumento despertarían un interés universal por los sonidos del país del Ganges.

La crónica de las relaciones entre el rock y las músicas no occidentales está repleta de tales malentendidos. De hecho, el bienintencionado Harrison fue una excepción: su interés era genuino. La gran mayoría de las estrellas del rock que requieren pigmentos tropicales lo resuelven con un poco de turismo musical. Pero basta con repasar las listas de éxitos para comprobar que cada vez son más frecuentes los intercambios entre esos dos mundos.

En los sesenta, el enamoramiento del pop con la música clásica india fue como un sarampión. Duró lo que resistió el resplandor de la cultura hippy. A partir de 1969 entraro con fuerza los acentos afrocubanos, gracias a la brecha abierta por un guitarrista mexicano llamado Carlos Santana. No era un emparejamiento contranatura: históricamente, Cuba ya había dejado su marca en el rhythm and blues de Nueva Orleans que conoció su esplendor en los años cincuenta. Además, numerosos instrumetistas hispanos tomaron protagonismo en la fusión.

La tercera oleada vino del Caribe angloparlante. El reggae tardó en infiltrarse, pero echó raíces prfundas. Tras las fotocopias de Eric Clapton llegó la exquisita reelaboración de The Police y el hermanamiento espiritual entre los rastas y los desharrapados insurrectos del punk.

Sin olvidar significativas iniciativas particulares: las grabaciones marroquíes de Brian Jones poco antes de abandonar los Rolling Stones*; los viajes africanos del batería Ginger Baker, que permitieron el primer desembarco europeo del nigeriano Fela Kuti. Sin embargo, todos esos flirteos no constituyen nada comprarable al masivo movimiento de los últimos tiempos, representado por los esfuerzos de Brian Eno, David Byrne, Peter Gabriel, Malcom McLaren, Paul Simon, Dissidenten y mil más. África es el principal foco de atracción. Pero el pillaje también afecta a los países islámicos y a las islas del Caribe.

Estas convergencias han sido facilitadas por la aceptación del concepto de World Music, un paraguas que resuelve enojosos problemas de mercadotecnia. Y es que lo de música del mundo encaja con la idea de la aldea globalm kanzada por Marshall McLuhan en los sesenta.

Esa transfusión ha llegado en un tiempo confuso para el rock Fragmentado estilísticamente, el rock se dedica al autocanibalismo. Prácticamente, todas las tendencias de sus 34 años de existencia tienen ahora continuadores, lo que se concreta en un estado de revival perpetuo.

No obstante, el rock goza de espléndida salud industrial. Sucesivas generaciones de oyentes e intérpretes descubren regularmente sus viejas epopeyas y se sumergen en esa fuente-de-eterna-juventud que son sus mitos. El relevo está garantizado.

Dejando aparte al núcleo irredento de los rockistas, ese hipotético consumidor veterano posee suficiente amplitud de miras como para aceptar que el rock no es la única músia popular contemporánea capaz de transmitir energía vital.

Y ahí entran las músicas llamadas étnicas. Que no son habitualmente flores rurales sino urbanas; el tópico del intérprete africano tocando tambores rodeado de leones no merece más que el desprecio. Son sonidos de ciudad y recurren al mismo arsenal instrumental que el rock occidental. Socialmente su evolución tiene paralelismo con los primeros tiempos del rock: el rai argelino es el grito de los desafectos hijos de los beréberes, asfixiados por la moral impuesta desde el FLN, mientras que la chicha** peruana cristaliza la necesidad de autoafirmación de los indios instalados en las urbes.

Desguace de imperios

Igualmente improcedente es considerar esta m'usicas como manifestaciones primitivas. Musicalmente, pueden tener tanta o más complejidad que cualquier subdivisión del rock. Fuertemente integradas en su comunidad, sus textos tienen la urgencia de lo inmediato pero son elaborados cuidadosamente. Respecto a su sofisticación musical, tampoco cabe hablar de nobles salvajes. El desguace de los imperios coloniales impulsó la emigración hacia las antiguas metrópolis, donde los emancipados entraron en contacto con las corrientes de moda. Aunque tampoco necesitaban traspasar las fronteras: del mismo modo que la llegada de las placas de 78 rpm con grabaciones latinoamericanas -rumba, samba, cha cha chá- inspiraron a las primeras orquestas congoleñas, sus descendientes han tomado lo necesario de James Brown, Santana o Michael Jackson sin perder su esencia.

El encanto del zouk antillano, el mbalax senegalés o el merengue dominicano es precisamente eso, la elasticidad con que integran elementos ajentos sin comprometer su personalidad particular. Esa desfachatez estilística asombra a oídos habituados a la rigidez del rock.

Estamos en esa encrucijada. David Byrne, el patrón de los Talking Heads, aventura que el rock se dividirá en dos ramas, una ruidosa, concebida para adolescentes, y otra más adulta y pluricultural. Puede ocurrir, sin embargo, que la fiebre étnica vaya remitiendo y quede como moda de temporada; también el jazz pasó por similares etapas coloristas (bossa nova, afro jazz, latin jazz) sin modificar esencialmente la corriente principal. Y en el caso del vendaval africano no se perfila un apóstol, tipo Bob Marley, capaz de vender filosofía y ritmos embriagadores al heterogéneo público del rock. No importa; esta invasión caliente ha dinamizado el universo musical, vivificando los sentidos. Y estos mestizajes, mal que les pese a los Alain Finkielkraut de turno, están vivos, hirviendo en las esquinas de esta Europa multirracial.

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